El cuerpo de su hermano flotó en el río al día
siguiente de la masacre, cubierto de barro y
hojas de cacao. Ella lo reconoció por el collar
de cuentas de hueso que nunca se quitó. La
tierra ya no era la misma: las casas de palma
habían sido quemadas, los arrozales secos, y el
nombre del pueblo había cambiado en el mapa
oficial —un cambio sin firma, sin notificación,
como si el lugar jamás hubiera existido.
Las mujeres del poblado no hablaban. No por
miedo, sino porque desde la llegada de los
uniformes negros, cada palabra pronunciada en
voz alta dejaba huella en el aire, y los oídos
del ejército escuchaban mejor que los propios
corazones. Ella caminó tres días con el cadáver
sobre los hombros, evitando los senderos
marcados, sabiendo que donde el suelo se
humedecía antes de la lluvia, ahora solo había
sangre seca bajo las raíces.
En la orilla del río, donde el agua no corría
hacia el mar sino que giraba en círculos,
encontró la casa de la vieja. No estaba en el
mapa, ni en los registros de propiedad, pero sí
en el recuerdo colectivo: una choza de techo de
paja, con una estatua de barro que nunca tenía
cara. Las mujeres que venían allí no pedían
curación, sino que entregaban algo. Ella dejó el
collar del hermano junto al fuego.
La bruja del Pacífico no habló. Sino que miró. Y
el río empezó a hablar por ella.
A la tercera noche, el agua subió hasta el
umbral. Una mujer apareció entre las aguas, con
el rostro de su madre y los pies descalzos sobre
el barro. No había pasado por el puente, ni por
el camino. Había salido del río como si fuera
parte de él.
Ella no dijo nada. Solo extendió la mano. El
collar fue devuelto, pero esta vez con una hebra
de pelo negro atada alrededor.
Al amanecer, el río volvió a fluir normal. Los
cuerpos que habían estado enterrados bajo el
sedimento emergieron flotando, uno por uno. Cada
uno con el mismo collar de cuentas. Todos los
que habían participado en la masacre. Todos los
que habían firmado el documento de "desaparición
voluntaria" en el cuartel.
Ella caminó de vuelta al pueblo vacío. No había
nadie para decirle que había hecho mal. Pero
cuando llegó, el viento arrastró un rumor: “la
bruja del río no olvidó”.
Y en las casas nuevas que empezaron a levantarse
años después, nadie construyó sobre el río.


