El río Negro se alza en lodo durante tres días

sin lluvia. En una cabaña de madera y hojas de

plátano, la mujer que antes era llamada Paca

deja de rezar. Su rostro, surcado por cicatrices

de humo, no refleja dolor: refleja cuenta

pendiente.

La tierra ha cambiado. Desde que los caminos

nuevos cruzaron el valle y el gobierno declaró

el territorio “despejado”, las raíces del

chontaduro ya no brotan donde antes lo hacían.

Las plantas responden distinto. Los pájaros

vuelan en círculos que no existían antes. El

agua del río, antes pura, ahora tiene sabor a

hierro y olor a gasolina. No es enfermedad: es

cambio. El mundo ya no escucha las palabras

antiguas.

Ella prepara el ritual con barro de la ribera,

aceite de aguacate, y los huesos de su hermano,

hallados en un montón de escombros bajo un

puente de hormigón. Tres velas de cera negra.

Una imagen de la Virgen de Lourdes, quemada en

un bocadillo de pan duro. Aunque nunca le dijo a

nadie, el ritual no es para invocar muertos. Es

para avisarles.

A medianoche, el aire se congela. La tierra

tiembla como si el suelo estuviera vivo. De las

profundidades del río surge una corriente que no

lleva agua. Lleva voces. Voces de mujeres. Voces

de hombres. Voces que no deberían estar allí.

Las paredes de la cabaña empiezan a sangrar

lenta, como si el techo fuera piel.

Y entonces ella entiende: el ritual no fue hecho

para venganza. Fue hecho para recordar. Porque

el mundo no ha olvidado. Solo ha dejado de

responder.

Cuando el sol nace, el río Negro ya no existe.

Donde estaba, hay un pantano de ceniza negra. La

cabaña está intacta, pero dentro todo huele a

incienso y metal. En el suelo, un cartel de

madera con letras hechas con sangre seca: "No

hubo justicia. Hubo uso."

La bruja sigue viva. Pero ya no puede hablar.

Sus labios están sellados por una piedra

extraída del fondo del nuevo pantano. El ritmo

de su corazón no es humano. Tiene el sonido de

un motor de tractor que nunca se apaga.

Nadie la ve desde entonces. Pero cuando el

viento sopla desde el valle, se dice que alguien

canta canciones de cumbia antigua, con voz que

no pertenece a ninguna mujer viva.