El 1950 amanece con el humo de tres casas
incendiadas en el valle de Pueblo Viejo. La
tierra ya no pertenece a nadie: los hacendados
muertos, los campesinos huérfanos, los caminos
convertidos en trampas. Un grupo de mujeres, sin
nombre, comienza a moverse entre las ruinas con
cantos que no son de alivio, sino de advertencia.
Ella —Luz— camina con una guitarra atada a la
espalda, cubierta de polvo y clavos de madera.
Su voz no canta canciones, sino recuerdos. Los
hombres del Frente Nacional patrullan los
pueblos con listas de nombres. Los curas rezan
por el alma de los muertos, pero nadie sabe
dónde enterrarlos.
En un puesto de gasolina abandonado, encuentra a
un hombre con uniforme gris, sentado junto a una
lata de cerveza vacía. No le pregunta quién es.
Sabe que fue él quien quemó la casa de su
hermana. El mismo que la vio llorar bajo el
puente cuando los paramilitares llegaron.
El silencio entre ellos es más fuerte que
cualquier palabra. Ella abre la funda de la
guitarra. No toca. Solo deja ver el taladro que
perfora la tapa del cuerpo. Una señal. Un código.
Una promesa.
La regla que nunca se dice en voz alta: si
alguien te mira fijo después de un ajuste de
cuentas, no puedes volver a cantar. Si lo haces,
la gente cree que eres bruja. Y los que creen en
brujería también matan.
El hombre se levanta. Tiene un cuchillo de
cocina entre los dedos. Ella no se mueve. Lo
mira como si lo conociera desde siempre. Aun así,
no se arrodilla.
A la medianoche, el canto empieza. No es música.
Es un ritual. Las mujeres del camino responden.
Cada nota es un nombre. Cada acorde, una marca
de fuego.
Cuando termina, el hombre está muerto. No hay
gritos. Solo el sonido del viento entre los
árboles.
Ella guarda la guitarra. No la toca nunca más.
Pero el pueblo lo siente. Algunos dicen que aún
hoy, en los días de tormenta, escuchan una
cumbia que no tiene final.
Y eso es suficiente.


