El río no canta desde hace tres lunas.

En 2047, el gobierno nacional declaró que todos

los cuerpos de agua serían digitalizados: cada

gota, cada corriente, codificada en la Red del

Agua. Lo que quedaba del Pacífico —antes río,

ahora sistema de transmisión— fue reconfigurado

como infraestructura vital. Los pueblos costeños

perdieron acceso a las aguas sagradas; solo las

grandes ciudades tenían derecho a extraer

memoria.

La bruja del Pacífico, Luma, nació con el don de

escuchar lo que el agua guarda: los nombres de

quienes murieron en la violencia del pasado, los

cantos olvidados, las promesas rotas. Pero ahora,

cuando toca el río, solo oye silencio codificado.

No hay ecos. Solo números.

Un día, descubre que los registros de las

víctimas del conflicto armado —familias

desplazadas, campesinos asesinados por alianzas

políticas— han sido borrados del sistema. El

Estado dice que es “optimización de datos”. Ella

sabe que no. Es una purga.

El sistema tiene una regla oculta: nadie puede

extraer más de 12 horas de memoria sin pagar con

algo vivo. El costo es irremediable. Alguien

debe entregar un alma humana por cada terabyte

recuperado.

Luma entra en el río. No con palabras. Con

sangre. Clava sus dedos en el conducto principal,

deja que el flujo le arranque el nombre. Un

grito no se escucha, pero el agua titila. Por

primera vez en años, el río temblorea.

A las tres de la madrugada, el ritual comienza.

Ella canta con la voz de su abuela, repite los

nombres que ya no están registrados: “Marta,

Juana, Diego, Pedro…”, hasta que el sistema

empieza a rebelarse. Las pantallas de Bogotá se

apagan. En el centro de la ciudad, los monitores

muestran imágenes de niños huyendo del fuego,

rostros sin nombre, sangre sobre el suelo de

tierra.

El gobierno ordena cortar la red. Pero ya es

tarde.

Cuando amanece, el río no canta. Pero fluye. Y

dentro del agua, entre las ondas, hay millones

de nombres. Todos escritos en sangre, en llanto,

en memoria.

Y en el fondo, donde nadie mira, el primer

cuerpo humano se convierte en cable.