El suelo del corral crujía bajo sus pies

desnudos, y el aire tenía el sabor del aguacate

maduro y el humo de paja quemada. No recordaba

cómo llegó, ni quién era. Solo sabía que el

nombre “Luis” le pesaba como un collar de piedra.

La casa era de barro y teja, con puertas que no

cerraban. En la pared, un cartel de cumbia vieja

colgaba torcido: “Aunque me vayan a matar,

bailaré.” Nadie había vuelto a tocarla desde que

los hombres de la costa decidieron que cantar

era traición.

Al tercer día, la muela rota comenzó a doler. Al

cuarto, vomitó sangre negra. El cura del pueblo

lo miró con ojos que ya no creían en milagros.

“No es enfermedad — es memoria”, dijo. “Lo que

no quiso guardar, la tierra te lo obliga a

devolver.”

La gente lo evitaba. Pero cuando empezó a bailar

solo frente al río, las mujeres pararon sus

lavanderías. Los niños dejaron de jugar. El

sonido de la batería que él mismo arrancaba de

su cuerpo no era música: era un hechizo que

abría puertas.

En la iglesia, encontró el libro de registro.

Cada nombre escrito en tinta roja correspondía a

un hombre que había muerto en silencio, pero que

antes había cantado. Y todos llevaban el mismo

apellido: Hombres.

La ley decía: si cantas, pierdes tu identidad.

Si cantas, te conviertes en el recuerdo que no

debes tener.

El último martes del mes, bajó al fondo del

barranco. Allí, entre raíces de guayaba, estaba

el pozo donde enterraron a su hermano. Lo sacó

con las manos vacías. Su cara era la misma del

hombre que ahora era.

El ritmo que salió de su pecho no fue cumbia.

Fue un grito que nadie pudo nombrar.

Cuando regresó al pueblo, ya no había nada. Las

casas se habían hundido. Las calles eran líneas

de polvo. Solo quedaba el altar con el cartel:

“Aunque me vayan a matar, bailaré.”

Y el viento, por primera vez en años, trajo el

sonido de una guitarra.