El camino de tierra que llevaba al corral de las
ovejas se convirtió en un rastro de huellas sin
nombre. Las balas habían llegado antes que el
ejército, y con ellas, el miedo que no pedía
permiso. La maestra rural ya no enseñaba en el
salón de tablones: había quemado el libro de
cuentas y enterrado el reloj de pared. Solo
quedaba el campo, el humo, y la promesa de que
nadie volvería a verla escribir.
En el mes de abril, el primer cadáver apareció
en el puente de piedra del Río Chiquito. No era
un soldado. Era el tío del cura, muerto con una
cuchilla de machete clavada en el pecho y una
nota en el bolsillo: “Porque tú no me diste
tierra”. El pueblo no preguntó quién lo hizo. Lo
asumieron como justicia. La gente comenzó a
llevar sus propios cuchillos. Los niños
aprendieron a cortar pescado antes que a leer.
Ella sabía que su hermano, el mayor, había sido
quien entregó el mapa del terrero al grupo de
hombres armados. Él mismo le había dicho que “el
gobierno no protege a los pobres”, mientras les
daba de beber aguardiente y los convencía de que
la guerra era necesaria. Ella lo vio firmar el
papel con tinta roja, como si fuera sangre. Pero
no dijo nada. Guardó el papel bajo el piso del
cuarto. Y esperó.
Cuando el segundo asesinato ocurrió —un joven
estudiante que cantaba cumbia en la plaza—, la
maestra no se acercó a la escena. Se fue al pozo
donde solía lavar ropa y sacó un frasco de
ceniza de quema de palo borracho. Lo rompió
contra el borde de piedra. Luego caminó hasta el
centro del pueblo, con la mano en el bolsillo
del pantalón, y dejó caer el polvo sobre la
cabeza del hombre que había matado al estudiante.
Nadie supo por qué. Pero esa noche, todos los
que habían participado en ejecuciones comenzaron
a temblar.
La policía llegó dos días después. Encontraron
el cuerpo del hermano tirado frente al pozo,
boca arriba, con el cuchillo de la maestra
clavado en el pecho. No había huellas. No había
gritos. Solo el sonido del viento entre los
árboles. Ella no se movió. No declaró. No lloró.
Al día siguiente, el pueblo empezó a hablar de
una bruja que vivía sola en el cerro, que
enseñaba a los niños a dibujar palabras sin
escribirlas. Dijeron que no usaba palabras
porque todo lo que decía ya estaba en el aire.
Que los que hablaban demasiado morían pronto.
Que si querías justicia, primero debías aprender
a callar.
Y en el fondo del barranco, donde nunca llegó la
luz del sol, creció un manzano. Su fruto era
negro. Nadie lo tocó.


