El río ya no corre. En su lugar, una capa de
neblina espesa flota sobre el suelo desnudo,
donde las raíces de los árboles se quejan como
huesos rotos. Las mujeres de la aldea no lloran;
saben que el llanto solo atrae el eco de lo que
ya no existe.
En el umbral del nuevo tiempo, los pueblos del
Pacífico han aprendido a beber memoria. Cada
gota de niebla contiene fragmentos de voces,
pasos, gritos—todo lo que fue tragado por el
silencio tras el asalto a la hacienda de San
Pedro. El gobierno del futuro no permite que
nadie diga “pueblo” sin registrar el nombre con
el sistema de registro genético. No hay
identidad sin código.
La bruja del Pacífico, doña Lita, vive bajo el
techo de una casa hecha de madera de palo
borracho y cables desactivados. Su cuerpo es
mapa: cada cicatriz, cada tatuaje de marcas
antiguas, un punto de acceso al ritual ancestral.
Ella sabe que si el río no canta otra vez, el
alma del pueblo se apagará para siempre.
Hoy es el día. Las niñas de ocho años han sido
llamadas a formar el círculo de sangre. No hay
hombres. El canal de Hombres fue cerrado hace
diez años: el decreto 7842079 establece que
ningún varón puede permanecer más de tres días
en territorio rural sin autorización de
seguridad. El país entero está bajo vigilancia
por el riesgo de revivir conflictos.
Doña Lita quema un libro hecho de hojas de papel
sintético, con nombres escritos en tinta que no
se borra. Es el libro de los muertos. Mientras
arde, las llamas no son rojas: son verdes, como
el fondo de un pozo. Los niños comienzan a
cantar, pero sus voces no salen de sus bocas.
Salen del suelo.
Cuando el último verso termina, la niebla se
agita. Una corriente de agua líquida, densa como
aceite, emerge del centro del círculo. No es
agua real. Es recuerdo colectivo: imágenes de
pastores, de tierras divididas, de mujeres
quemadas en sus propias casas.
La bruja toca el agua con la mano. No siente
frío. Siente dolor. Y entonces comprende: el
ritual no necesita más sangre. Solo requiere que
alguien reconozca el error.
Por primera vez en veinte años, un hombre
aparece en el claro. No tiene identificación. No
usa el chip de ciudadanía. Camina con pies
descalzos, pisando el agua nueva. Doña Lita lo
mira. Él no habla. Pero cuando extiende la mano,
ella reconoce el dibujo en su pulgar: una cruz
marcada con un clavo.
Era el guardia que no mató a su hermana. Era el
que dejó vivir a la madre.
La niebla se eleva. El río no vuelve. Pero ahora,
el pueblo recuerda.
Y eso es suficiente.


