La lluvia no paró tres días. En el barrio de

Santa Fe, las calles se volvieron canales de

lodo y rezos. El aire olía a tierra mojada, a

incienso quemado en los portales, a carne cruda

de pavo que nadie quiso comer.

En una cabaña tras el mercado, un hombre de ojos

claros y manos tiznadas de ceniza preparaba

hojas de guayaba, pimienta negra y un trozo de

hueso de cordero. Era curandero urbano: nadie lo

había nombrado así, pero todos lo sabían. Vivía

entre casas de ladrillo rojo y paredes pintadas

con símbolos que nadie podía leer, pero que

todos recordaban.

Los hombres llegaron sin avisar. Llevaban armas

cortas, camisas con nombres tatuados, y el

silencio de quienes ya no tienen miedo. No

hablaron. Uno dejó caer una bolsa con monedas de

1948 y un pedazo de tela con el rostro de un

político asesinado.

El curandero abrió la puerta del fondo. Dentro,

una hoguera consumía ramas de palma y una foto

enmarcada: un niño con una flor en la mano, bajo

un árbol de níspero. No era su hijo. Era el

último niño que había desaparecido en el barrio

antes de que el municipio declarara la zona

“libre de violencia”.

La alianza temporal comenzó con un ritual. Cada

noche, los hombres entregaban una prenda de

quien había muerto. Algunos eran soldados, otros

campesinos, uno un maestro de escuela. El

curandero los lavaba con agua de jazmín, los

envolvía en telas con símbolos de la Virgen de

las Mercedes y los enterraba en el patio trasero,

donde crecía un laurel silvestre.

No fue magia. Fue memoria.

Una semana después, el ayuntamiento anunció que

la zona sería reurbanizada. Las casas serían

demolidas. Los vecinos fueron invitados a firmar

documentos. Nadie firmó.

El curandero caminó hasta el centro del barrio.

Se detuvo frente al muro donde los niños solían

escribir sus nombres con carbón. Sacó una

botella de alcohol y vertió fuego sobre el

dibujo de una cruz con un pájaro encima.

Las llamas no se apagaron.

Durante tres noches, el humo negro subió hacia

el cielo como un velo. Las grabaciones de radio

local mencionaron “actos de vandalismo”, pero

nadie preguntó quién lo hizo.

Al amanecer del cuarto día, el muro estaba

cubierto de escrituras nuevas. Nombres. Fechas.

Una sola frase: Aún vivimos.

La policía llegó. No encontró a nadie. Solo

halló el olor a tierra mojada, el eco de cantos

que nadie había aprendido, y una bolsa con

monedas de 1948, ahora oxidadas.

El curandero ya no estaba en la cabaña. El

laurel creció más alto.

La alianza terminó. Pero el barrio no olvidó.