La casa de ladrillo y techo de zinc en Chocó se

hunde lentamente hacia el río, como si la tierra

misma la reclamara. En el umbral, una mujer de

ojos negros y trenzas atadas con hilos de madera

traza símbolos en el polvo con el dedo índice,

sin mover los labios. No reza. Sabe que los

espíritus no escuchan a quien grita. Solo a

quien calla bien.

En Bogotá, un edificio de oficinas en el centro

antiguo se quema por dentro. Las puertas están

cerradas desde hace tres días. Nadie entra.

Nadie sale. La policía dice que fue un

cortocircuito. El vecindario sabe que no.

Alguien quemó el lugar para borrar lo que había

dentro.

La bruja del Pacífico recibe un paquete: una

caja de madera con un hueso humano envuelto en

tela de saco. No hay remitente. Solo una firma

en tinta roja: “Por la tierra que no quiere

saber”. Ella reconoce el trazo. Era de su padre.

El hombre que nunca regresó del campo después de

que el gobierno anunció que la tierra era

“nacionalizada”.

A partir de ese momento, las lluvias no paran.

Cada gota deja una huella en el suelo, como si

el río quisiera escribir algo que nadie puede

leer. Ella comienza a ver sombras en el agua:

niños pequeños con uniformes militares, mujeres

con bolsas de plástico llenas de ceniza, hombres

con manos amputadas que intentan coger aire.

El sistema de contadores de energía en Bogotá

empieza a fallar. No por defecto técnico. Porque

cada vez que alguien enciende una luz en un

barrio pobre, la red se sobrecarga y apaga. No

hay razones técnicas. Solo corrientes anormales

que van y vienen como latidos. Los vecinos dicen

que el poder no se va. Se traga.

Ella viaja a la capital. No toma el bus. Camina.

Conoce a un niño de ojos grandes que le entrega

un disco de cumbia vieja. “Este no se juega”,

dice. “Se entierra.” Ella lo hace bajo el árbol

más viejo del parque Simón Bolívar. Al día

siguiente, el disco ha desaparecido. Pero el

suelo está marcado por una cruz de carbón.

En un sótano abandonado debajo de un mercado,

encuentra documentos: listas de nombres, fechas,

tierras vendidas sin contrato, firmas

falsificadas. Una lista termina con el nombre de

su madre. Y luego, el suyo. Ambos marcados con

una X roja.

Esa noche, el sistema eléctrico de Bogotá

colapsa por completo. Durante siete horas, no

hay luces. Ni celulares. Ni radios. Solo

silencio. En ese silencio, miles de personas

salen a la calle. No para protestar. Para

recordar. Algunos llevan fotos antiguas. Otros,

frascos con tierra. Un anciano camina con una

guitarra que nunca tocó.

La bruja regresa al Pacífico. No vuelve a su

casa. Arrastra el hueso hasta el río. Lo arroja.

Y cuando el agua lo absorbe, el terreno

alrededor se endurece. Como si el barro hubiera

aprendido a no ceder.

Al día siguiente, en Bogotá, un reportero de

radio local lee en voz alta el nombre de la

bruja. Sin darle razón. Sin explicación. Solo lo

dice. Y al instante, la señal se corta.

El sol sale. No hay noticias. No hay pruebas.

Solo un rumor entre vecinos: que la tierra del

Pacífico ya no se mueve. Que ya no se hunde. Que

ahora, todo lo que está enterrado, permanece

allí.

Y eso es suficiente.