El río que antes cantaba entre piedras ahora
corre sin sonido. En el cerro de San Isidro,
donde las casas de barro se asoman al viento
como huesos, la maestra Lucía reparte hojas con
tinta roja por primera vez en tres años. Las
niñas ya no corren a clase; sus padres dicen que
el aire huele a quemado, que las sombras se
mueven cuando nadie mira.
El primer niño desaparece durante el recreo. No
gritó. Solo dejó huellas de pies descalzos en el
polvo, que se volvieron raíces negras antes de
que alguien las viera. El segundo fue encontrado
boca abajo en el pozo, el cuerpo doblado como si
hubiera intentado volver a nacer.
Lucía entra al templo viejo, el que antes era
escuela, y enciende seis velas de cera negra. No
hay sacerdote. No hay consagración. Solo el
ritual que le enseñaron sus abuelas: agua, sal,
un nombre pronunciado tres veces. Lo hace. La
pared temblorea. Algo dentro respira.
No es espíritu. Es el hambre. La tierra ha
empezado a consumir los recuerdos. Cada palabra
dicha en voz alta se convierte en carne para el
suelo. Los nombres de los muertos ya no pueden
ser nombrados. Si lo hacen, el suelo se abre y
traga.
Ella clava un palo en el piso y dibuja un
círculo con tiza. Dentro, pone el libro de
cuentos que le regaló su madre. Cierra los ojos.
Sabe que si dice "¡basta!" en voz alta,
el suelo
se tragará también el libro. Pero si no lo dice,
el hambre crecerá hasta que el pueblo entero
desaparezca bajo tierra.
Se arrodilla. Pasa el dedo sobre el texto. Lee
en silencio cada palabra. Una a una. El libro se
quema lentamente, sin llama. La ceniza cae como
lluvia fina.
Al amanecer, el río vuelve a sonar. No con
música, sino con un gemido bajo. La maestra está
sentada en el umbral de la escuela, con el
círculo intacto. Las niñas vuelven. No hablan.
No preguntan. Solo miran hacia el cerro, donde
las raíces negras ya han dejado de moverse.
Y el mundo sigue funcionando — pero solo porque
alguien dejó de hablar.


