El río se detuvo de golpe en la noche del 12 de

abril. No hubo truenos, ni temblores — solo

silencio absoluto, como si el agua se hubiera

tragado el tiempo. Las casas flotaron por tres

días antes de hundirse en lodo negro, sin que

nadie supiera cómo. Era el primer signo del

cambio: desde entonces, nada crecía sin sangre.

La anciana llegó al pueblo con un saco de arroz

y un libro de cuentos manchado de tierra. Nadie

recordaba su nombre, pero todos la llamaban

Abuela Cuentacuentos. Su casa era de bambú y

hojas de guadua, plantada sobre pilotes que no

tocaban el suelo — porque el suelo ya no era

tierra, sino memoria. Ella contaba historias que

nunca ocurrieron: una niña que bailaba con

fantasmas en el río, un abuelo que vivió dos

vidas en una sola noche. La gente escuchaba,

asentía, y luego olvidaba. Así era el trato:

cada cuento costaba un recuerdo.

En el fondo del valle, hombres con máscaras de

cocodrilo comenzaron a aparecer. No hablaban,

solo dejaban bolsas de tela negra con polvo

blanco dentro. El polvo tenía propiedades

extrañas: quemaba la piel, pero también hacía

ver lo que nunca fue. Algunos vieron sus propios

muertos caminando por el mercado. Otros juraron

haber vuelto a ver a sus hijos muertos en la

Violencia. El narcotráfico no era dinero ahora;

era poder sobre el pasado.

Ella sabía que el polvo venía de su propia

infancia. En 1950, cuando el país aún se dividía

en blancos y rojos, ella había sido la hija de

un terrateniente que perdió todo. Se fugó con su

hermano menor, pero él murió en el camino. Ella

lo enterró bajo un árbol de balsa, y juró no

llorar nunca más. Pero el dolor no desapareció —

se convirtió en palabra. Y cuando empezó a

contar las mentiras, el mundo respondió.

Un día, un joven llega con ojos de cobra. Lleva

un papel donde está escrito su verdadero nombre:

Lucía Mendez, no Abuela Cuentacuentos. El papel

estaba marcado con tinta que no se borraba. Ella

lo mira y dice, sin palabras: "Tienes razón. Yo

soy otra". Y le entrega un cuaderno. Dentro,

cada historia tiene una fecha distinta. Todas

terminan con el mismo mensaje: El último

recuerdo que guardes será el primero que pierdas.

Al amanecer siguiente, el río empieza a fluir de

nuevo. Pero ahora lleva cuerpos. No hay nadie

que los reconozca. Los que han perdido sus

memorias no pueden llorar. Los que las conservan,

ya no tienen cuerpo.

La anciana se sienta frente al fuego, abre el

libro, y comienza a contar una nueva historia.

Esta vez, no hay quien la escuche. Solo el

viento. Y el polvo, que sigue cayendo como nieve

negra.