El bosque de Yotoco no crece; se acumula. Las

raíces del pasto arraigado en el suelo ya no

toman agua, sino recuerdos. El aire huele a

tierra mojada y a cocaína quemada. Desde 1958,

cuando el Pacto Nacional firmó la paz con sangre,

el país entero ha aprendido a olvidar. Pero en

este lugar, donde el río fue reconvertido en vía

de tránsito para el narcotráfico, los muertos no

descansan —se venden.

La gente dice que hay un mercado bajo tierra

donde los vivos compran amnesia. No para huir

del dolor, sino para evitar el cargo. Por diez

mil pesos, uno puede olvidar un nombre. Por cien,

una cara. Por mil, una promesa incumplida. Nadie

sabe quién lo inició, pero el sistema funciona

así: cada vez que alguien paga, otro recuerda

más.

Ella, Claudia, era diputada en Antioquia antes

de desaparecer. Su nombre apareció en listas

negras tras votar contra el proyecto de

impunidad para militares. Pero el día que dejó

Bogotá, no escapó. Se perdió. Al llegar al

bosque, encontró su propia firma en un frasco de

cristal: “Recuerdo de la traición”. Lo abrió.

No recordó el rostro de su hija. No recordó el

día que la mataron. Solo sintió el calor de una

mano sobre su cuello mientras le decían: “Tu

padre era el que ordenaba los fusilamientos”.

Ella negó con la cabeza. No sabía nada. Pero al

mirarse en el espejo del frasco, vio el mismo

uniforme militar que usaban los hombres que

llegaron a su casa en 1952.

Y entonces supo: no había perdido la memoria. La

habían borrado por orden. No fue un accidente.

Fue una operación. Un contrato.

En el mercado subterráneo, los falsificadores de

identidad cobran en sangre. Ella no tenía dinero,

pero sí algo mejor: un archivo de fotos secretas

que nunca le mostraron a nadie. Fotos de cuerpos

en fosas comunes, de nombres escritos en paredes,

de documentos firmados por el mismo político

corrupto que ahora ocupa una curul en el

Congreso.

Lo denunció. A través de un mensajero de cumbia,

envió el archivo al periódico. El siguiente día,

el mensajero fue encontrado colgado de un árbol.

Sus pies estaban cubiertos de lodo de Yotoco.

Ella siguió adelante. Abrió un nuevo frasco.

Esta vez, no lo usó para olvidar. Lo usó para

recordar todo.

Y cuando el político llegó al bosque, buscando

eliminarla, ella ya no era la misma. Había

aprendido a hablar con los muertos. Le dijo:

“¿Recuerdas cómo te llamaba tu madre cuando eras

niño?”.

Él se quedó paralizado. No podía responder.

Por primera vez en años, él también olvidó.

Ella se fue sin dejar huellas. Solo dejó atrás

un frasco vacío, con una nota escrita en tinta

de sangre: “Ya no puedes comprar lo que no

tienes”.

El mercado sigue funcionando. Pero desde ese día,

nadie compra amnesia. Todos quieren recordar.