El 1978 se fractura bajo el ritmo de una cumbia
que no existe en ninguna radio. En la casa de
ladrillo rojo de Usaquén, Sofía pone el primer
disco de "La Reina del Chocó" y el aire se
vuelve pesado, como si el tiempo se hubiera
detenido en los años antes del desplazamiento
forzado. Su cuenta crece: 200 mil seguidores en
veinticuatro horas. No hay shows, ni fotos con
artistas, solo ella frente al espejo, cantando
canciones que nunca aprendió.
El gobierno local impone el toque de queda tras
la explosión de una bomba en el centro comercial
San Ignacio. Los noticieros hablan de “ataques
del narcotráfico”, pero Sofía siente que algo
más antiguo está despertando. Su teléfono vibra
sin mensaje: el audio de una cumbia que solo
ella puede oír. La graba, y al reproducirla,
aparece el nombre de un pueblo borrado del mapa —
Puerto Escondido— con una foto de una mujer
sentada en una hamaca, sonriendo.
Ella no sabe que el pacto fue firmado por su
abuela, quien en 1956 cruzó el río Sinú con un
niño en brazos, dejando atrás una tierra donde
la música era magia. El acuerdo: por cada voz
que canta desde el otro lado, un alma queda
atrapada en el eco. La regla: jamás revelar el
origen del sonido. Pero cuando Sofía publica un
video mostrando el disco en su mano, el audio se
distorsiona. Las voces no son de mujeres; son de
niños.
En medio de la tormenta eléctrica que apaga la
ciudad, las calles empiezan a temblar. El
cementerio de Usaquén se abre lentamente, y de
él salen figuras envueltas en telas blancas,
bailando la misma cumbia. Una joven con la cara
de Sofía camina hacia ella, diciendo nada. Solo
el baile.
Sofía rompe el disco. El sonido deja de existir.
La lluvia se detiene. La gente vuelve a sus
casas. La cuenta de Instagram se vacía: todos
los seguidores desaparecen. Pero en la pared del
cuarto, una línea escrita en tiza: “No terminó.
Solo empezó.”
Al día siguiente, en el mercado de Santa Fe,
alguien repite la cumbia. Y en la multitud, una
niña de ojos grandes mira hacia el cielo y
sonríe.


