En 1952, el valle de San Juan se deshace entre

tierra vacía y cadáveres en los caminos. Las

haciendas ya no son dueñas del suelo; el

gobierno ha desaparecido, y las armas han

ocupado las casas. Las mujeres, antes encerradas

en el patio trasero, comienzan a moverse bajo la

luna sin anuncios.

La niña de trece años, Lina, encuentra un espejo

roto en el corral. Al tocarlo, oye una voz que

dice: “Dime tu nombre y yo te devuelvo lo que

perdieron.” No responde. Pero al día siguiente,

el hermano mayor muere en el camino con el

cuchillo clavado en el pecho —sin huellas, sin

testigos.

Diez años después, Lina es una joven influencer

de Bogotá. Sus videos muestran la vida urbana:

botellas de aguacate, ruedas de telenovela,

trajes de tela importada. La gente la sigue por

su risa fácil y sus canciones de cumbia antigua.

Pero cuando su abuela muere, le envía una carta

escrita en papel amarillo: “Regresa. El pacto no

está cumplido.”

Vuelve al valle. Las casas están derruidas. El

río huele a quemado. En la casa familiar,

encuentra el espejo intacto sobre la mesa de

cocina. Al acercarse, ve reflejado no su cara,

sino la de su madre, muerta en 1949, con los

ojos abiertos.

Un hombre con el rostro cubierto por un pañuelo

blanco le entrega un libro de cuentas. Dice:

“Tus antepasados vendieron el alma a cambio de

tierra. Ahora tú debes pagar el interés.” El

libro contiene nombres: catorce mujeres del

valle. Cada una firmó con sangre en 1948.

Lina no puede irse. Las puertas de la casa se

cierran solas. Los cerdos del corral comienzan a

gritar como niños. Ella saca el celular, intenta

grabar. La cámara muestra solo oscuridad. No hay

señal.

Entonces, ella entiende: el pacto no es un

contrato entre individuos. Es un sistema. Las

mujeres del valle deben entregar una hija cada

generación. Si no, la tierra arde. Si no, los

hombres desaparecen.

Ella firma con un corte en el dedo. El libro se

cierra solo. El espejo se quiebra de nuevo. Y al

amanecer, todos los nombres en el libro

desaparecen. Solo queda el suyo.

En Bogotá, sus seguidores notan que sus videos

no tienen audio. Sus fotos están borrosas. Un

mensaje aparece en pantalla: “No puedes salir

del valle. El pacto no tiene fin.”

La última imagen registrada por su teléfono

muestra a Lina parada frente al espejo roto, con

el pelo negro, los ojos vacíos, y una sonrisa

que nunca había tenido.

Y en el valle, una nueva mujer entra al corral.

Lleva un bolso de mano y una sonrisa quebrada.

El mundo no cambió. Sólo se repitió.