La tierra se agrietó en 1952 cuando los curas
dejaron de decir misa en el pueblo de Pueblo
Viejo y los niños comenzaron a desaparecer sin
rastro. Las casas de adobe, antes alineadas como
soldados, ahora se inclinaban hacia el sur, como
si el suelo tuviera memoria. El sistema de poder
ya no era el cacique ni el cura: era el rumor.
Un funcionario público honesto, con placa de la
Dirección de Investigaciones y una mochila de
lona gastada, llegó en moto desde Medellín. No
llevaba armas, solo un cuaderno con anotaciones
sobre desapariciones. Encontró el primer cuerpo
bajo el puente de piedra del río, con los ojos
cosidos con hilo de costura negra. No había
sangre. Solo una mariposa negra posada en el
cuello.
El segundo día, el pueblo entero le mostró una
grieta en el suelo del centro. Dentro, un túnel
de madera cubierto de símbolos antiguos. Nadie
lo recordaba, pero todos sabían que si entrabas,
salías distinto. Algunos regresaban con voces
que no eran las suyas. Otros no regresaban.
En la tercera noche, una niña de siete años
apareció en la entrada del túnel, desnuda, con
las manos atadas con hilos de tela de camisa. Su
nombre era Lina, hija del último terrateniente
que sobrevivió al saqueo. El funcionario la tomó,
pero el aire se espesó. Un latido profundo
sacudió el suelo. Las paredes del túnel
empezaron a respirar.
La ley del pacto era simple: para rescatar a uno,
otro debía quedarse. Pero no cualquiera. Solo
quien jurara por la tierra que lo vio nacer. El
funcionario abrió el cuaderno, escribió su
nombre con tinta roja, y firmó con sangre de su
dedo. No había testigos. Solo el eco del túnel.
Al salir, el pueblo estaba vacío. Las casas se
habían convertido en estatuas de barro. Lina
estaba sentada en el suelo, mirando al cielo.
Tenía los ojos claros, pero no reconocía al
funcionario. Él supo entonces que no había
rescatado a nadie. Había cumplido el pacto:
entregó parte de sí mismo.
Durante semanas, el funcionario caminó entre
ruinas, oyendo cantos de mujeres que nunca
existieron. A veces, en el reflejo del agua,
veía dos caras: la suya, y la de alguien más.
Los mapas ya no coincidían. El país había
cambiado. El pacto no era religioso. Era
geológico. Cada acto de violencia, cada silencio,
profundizaba el túnel. Y el mundo seguía
creciendo sobre él.
Ahora, cuando llueve, en Pueblo Viejo se escucha
el sonido de pasos que no pertenecen a nadie.


