La lluvia de abril no se detuvo en la orilla del
Magdalena desde que el tren de carga llegó con
los últimos refugiados del campo. En un cuarto
trasero de la calle San Fernando, donde el humo
de la pata de mula se mezclaba con el olor a
clavos de olor, un hombre de manos cicatrizadas
doblaba hojas de anís sobre una tabla de madera.
No vendía remedios, sino memorias: las que no se
podían decir en voz alta.
Era el año 1978. Bogotá ya era una ciudad de
ascensores y cumbia en los altavoces, pero en el
Caribe el tiempo se medía en huellas de zapato
en el barro. El sistema había cambiado: ya no
era el terrateniente quien decidía quién comía,
sino el que controlaba el camino entre el puerto
y el centro. Las maletas llenas de ropa usada
ahora venían con contratos escritos en tinta
invisible.
Él recibió la caja en una noche de luna baja. No
llevaba nombre, solo un número grabado en el
hierro: 426. La abrió bajo luz de vela. Dentro,
un taladro de carbón, una foto de dos niños sin
rostro, y un papel con una lista de nombres. Uno
de ellos era el suyo.
Había jurado callar. El pacto era claro: si
entregabas lo que te daban, no preguntabas. Pero
el segundo día, el joven que le trajo la caja
volvió con sangre en el pantalón y una botella
de ron vacía. “No fue mi culpa”, dijo, y se
marchó sin decir más. Esa misma noche, el
curandero descubrió que sus propios dedos
sangraban al tocar el taladro.
Tres días después, el chorro de agua en el baño
dejó de salir. Al abrir la tubería, encontró
dentro una bolsa de plástico con seis monedas de
oro y un trozo de tela con el símbolo de una
cruz partida. El mismo que aparecía en los
carteles de los campos de El Cauca.
Se acercó al viejo puente de zinc sobre el río
Chiribiquete. Allí, donde antes pasaban los
trenes de caña, ahora los camiones de mercancías
transportaban más que azúcar. Se arrodilló bajo
el arco metálico y confesó en voz baja: “Yo
sabía quién era el que mandaba”.
Cuando terminó, el aire se espesó. Un viento del
sur arrastró el polvo del suelo hasta la boca
del puente. No hubo respuesta. Solo el eco de un
silbido distante, como el que escuchaban los
campesinos antes de que los tiros empezaran a
sonar.
Al amanecer, el curandero no estaba. Solo quedó
la caja, ahora abierta sobre el suelo, con el
taladro limpio y los nombres borrados. En el
suelo, una huella fresca de pie descalzo,
dirigida hacia el mar.
El sistema siguió funcionando. El transporte
nunca se detuvo. Y nadie recordó su nombre.


