El tren de carga cruza el llano de Cauca en 1976,

cargado de familias sin nombre. Entre ellas, un

hombre con guitarra acústica y ojos hundidos

camina por el andén bajo lluvia torrencial,

llevando solo un pañuelo con sangre seca en la

punta. El cuerpo del hermano mayor está

enterrado debajo de un mango, al borde de una

vereda que ya no existe.

En Bogotá, la ciudad crece como un organismo

salvaje: calles sin nombre, edificios de

ladrillo barato, cumbia sonando desde cada

ventana abierta. Él toca en bares de la

Chapinera, en esquinas donde los policías piden

dinero a cambio de no detenerlo. Su música es

corta, triste, con notas que se repiten como un

eco sin origen. Nadie le pregunta por qué su

canción favorita siempre empieza en E menor, ni

por qué nunca menciona su pueblo.

Una noche, encuentra bajo el escenario un disco

casero grabado en 1952: dos voces femeninas

cantando un villancico de San Juan, pero el

fondo es una voz masculina diciendo “no más

muertos”. Lo reconoce: era el mismo canto que

cantaba su hermano antes de desaparecer. No hay

firmas. Solo el sabor a humedad de tierra mojada

cuando lo toca.

El sistema de patrullas nocturnas cambió: ahora

las unidades van con sirenas rotas y balas de

goma. Un informe secreto dice que “los

disidentes rurales están siendo reubicados en

zonas de transición”. Él sabe que eso significa

que ya no hay campos libres. La radio local

anuncia la llegada de nuevos ferrocarriles para

el transporte de mercancías —y de cuerpos.

Toca esa canción en el patio de una escuela

abandonada. Una niña de ojos grandes lo mira

desde una ventana. Luego desaparece. Al día

siguiente, la escuela tiene una puerta nueva,

pintada de azul claro. Las paredes están limpias.

No queda rastro del disco. Pero el aire huele a

madera quemada y a jazmín.

El sistema no permite memoria colectiva. Si

alguien recuerda demasiado, deja de existir en

el mapa. Él guarda el disco en el bolsillo

derecho del pantalón. La tela se hincha con el

calor. Ya no puede tocar la guitarra. Sus dedos

se niegan.

Cuando el nuevo alcalde anuncia el primer

festival de cumbia en el centro histórico, él

sube al escenario sin anuncio. Toca una sola

nota. La gente se detiene. La canción que nace

no es de nadie. Es de todos. Y cuando termina,

el público aplaude como si hubiera sido siempre

parte de ellos.

Pero en el pasillo trasero, el disco ha

desaparecido. El viento lo llevó. El agua lo

lavó. Y él, finalmente, recuerda que no fue el

hermano quien murió. Fue él quien sobrevivió.

La selva no se quedó en el campo. Se instaló en

la ciudad. Y él, músico ambulante, ya no toca

para vivir. Toca para que no lo olviden.