El 1978, la radio de la casa de Elías en Puerto
Triunfo tronaba cumbia y voces de protesta desde
Bogotá. Las líneas del ferrocarril ya no
llegaban al puerto; solo se oía el eco de las
maletas vacías en el andén. Elías, sentado en el
piso de tierra, contaba a sus nietos cómo el
gobierno había entregado los terrenos de los
campesinos a cambio de “orden”. No había pacto
escrito. Solo un silencio que empezó cuando el
primer muerto fue enterrado sin cruz.
La luna se asomó sobre el río oscuro. Un hombre
llegó con una botella de aguardiente y un papel
sellado con el sello del Ejército. No dijo nada.
Dejó el documento bajo el sillón de Elías. Al
día siguiente, el tren que llevaba a los últimos
campesinos se detuvo en medio del bosque. Nadie
bajó.
Elías nunca lo había dicho: él había firmado por
los tres campos que quedaban. Porque el gobierno
prometió seguridad. Pero el dinero no llegó. En
su lugar, vinieron los hombres con uniforme
verde, preguntando por nombres que ya no
existían. Los registros fueron quemados en el
patio trasero.
En 1983, cuando la ciudad de Cali comenzó a
crecer como un tumor, Elías vendió el último
terreno a un hombre con cartera de cuero y
sonrisa de cumbia. Le dio el título en blanco.
El hombre lo guardó. Y el abuelo supo entonces
que la tierra jamás había sido suya. Había sido
un contrato viviente.
Una noche, mientras el viento movía las hojas
del plátano, Elías encontró un sobre dentro de
un libro de cuentos que le había dado su hija
antes de morir. Dentro, fotos de personas con
sus rostros borrados. Una lista con fechas.
Nombres. Y al final, una línea escrita a lápiz:
“No fue violencia. Fue administración.”
Elías no lloró. Se acostó en el mismo colchón
donde había nacido. Y cuando amaneció, el horno
estaba frío. La radio no funcionaba. El nombre
del pueblo ya no aparecía en los mapas.
Solo quedaba la cumbia. Que tocaba sola en el
fondo del pozo.


