El calabozo está debajo de una iglesia en ruinas,
en un pueblo donde las piedras aún recuerdan el
nombre de los caciques. La tierra no ha sido
tocada por tránsito ni ferrocarril desde 1948.
El sistema de vigilancia es oral: un guardia
escucha pasos en el patio, y si no hay respuesta,
enciende el farol.
El guerrillero desilusionado entra al agujero
sin haberle pedido permiso a nadie. No era un
líder, sino un soldado que escribió cartas a su
hermana antes de caer. Ya no sabe si fue él
quien mató al cura o si lo hizo otro. Lo único
que le queda es el disco de cumbia que encontró
entre las cenizas de un hogar quemado.
En la noche del tercer día, el agua sube por el
pozo. No es lluvia. Es el río que cambió de
curso tras la explosión de la mina. El sistema
de drenaje antiguo se rompe como el silencio de
los campesinos. El calor del calabozo empieza a
humear. Un sonido de guitarra eléctrica se
filtra por el techo.
La cumbia no es de hoy. Es de antes de la guerra.
El mismo disco que su madre bailaba con el
abuelo en el patio de una hacienda que ya no
tiene dueño. El disco se pone a girar solo
cuando el aire vibra. No hay radio. No hay
corriente. Pero la música llega, como si el
tiempo hubiera dejado un eco vivo.
Cuando el guardia abre la puerta, el guerrillero
ya no está. Solo hay un trozo de tela con un
diseño de mazorca y un hueco donde estuvo el
disco. La música sigue sonando.
A la mañana siguiente, los vecinos encuentran el
cuerpo del guardia colgado de un árbol. No tiene
marcas. Solo el olor a tierra mojada y a cuero
de cumbia. En el suelo, dibujado con tiza negra,
un mapa del valle. Y en el centro, el nombre de
un pueblo que desapareció en 1950.
La cumbia sigue sonando. Esta vez, desde dentro
del corazón de una joven que camina por la
carretera. Ella no sabe quién la envió. Solo
sabe que debe seguir el ritmo hasta que el suelo
se abra.
El mundo no funciona como antes. Las cosas no se
pierden. Se transforman. Y lo que fue sepultado,
puede volver a bailar.


