El alba llega sobre una ciudad sin nombre, entre
ruinas de piedra y techos de zinc oxidado. Las
calles ya no son caminos, sino canales de sangre
seca. El mundo ha cambiado: los muertos no
descansan, sus huesos se convierten en materia
prima. La tierra ya no nutre, solo devora.
En un mercado bajo tierra, cerca de lo que fue
Medellín, se realiza la Subasta Clandestina. No
hay documentos, ni papeles, solo nombres
escritos en piel con tinta de ceniza. Las
mujeres entran primero. Se llaman por el último
recuerdo que guardaron: “la cumbia que bailó en
la fiesta del 78”, “el olor a ají en la cocina
de papá”.
La Madre Buscadora llega con el rostro cubierto
por una manta de lana teñida de azul. Su hija
desapareció el día que el ejército entró al
corralón de San Cristóbal. No la han visto desde
entonces. No hay registro. Solo un pedazo de
tela con su nombre bordado en hilo negro.
El sistema funciona así: cada cuerpo tiene un
precio basado en lo que recuerda. Cuanto más
dolorosa la memoria, más alto el valor. Una niña
que recuerda el sabor del arroz con leche antes
de la guerra vale más que una anciana que solo
sabe cantar canciones olvidadas.
Ella se presenta con una sola frase: “Mi hija
escuchaba cumbia hasta que se le quemó la voz”.
El anfitrión —un hombre con ojos de cristal fijo—
mira el pedazo de tela. Lo sostiene frente a una
antorcha. El hilo se consume lentamente. Cuando
termina, el precio se fija: cinco años de
memoria colectiva.
Ella entrega su pasado. Recuerda el sabor del
café en la mesa de su madre, el ruido del tren
que pasaba al amanecer. No la saca. Le quita
todo. Al final, queda solo el presente: un vacío
donde antes estaba el nombre de su hija.
En el momento en que el anfitrión dice
“comprada”, la puerta trasera del mercado se
abre. Una niña entra, descalza, con una caja de
música en las manos. La cumbia empieza a sonar.
La Madre Buscadora no reconoce el ritmo. Pero su
pecho late.
No hay diálogo. Solo el eco de una melodía que
no debería existir.
La niña mira hacia ella. Sus ojos son iguales.
El mercado cierra. Las luces se apagan.
Nadie vuelve a preguntar por el precio.
Algo ha cambiado. No hay regreso. Solo el peso
del silencio que sigue siendo humano.


