En las tierras bajas del Chocó, donde el río se
hincha con sangre y el viento lleva nombres
olvidados, las fiestas de san Juan ya no son
celebraciones. Desde que el cacique del frente
liberal fue arrastrado por el corralito de palo
y arrojado al barranco, el pueblo vive en luto
sin decirlo. Las mujeres no cantan. No bailan.
Solo escuchan.
La cumbia sigue sonando en los altavoces de las
casas de tablones, pero ya no es la misma. Los
tambores ahora marcan tiempos distintos. El
compás se acelera cuando pasa un carro sin
matrícula. Un niño muere de fiebre después de
tocar el pito durante tres noches seguidas. La
madre lo entierra sin velorio, porque los
vecinos ya no saben si el niño era de uno o de
otro lado.
El paramilitar retirado —con el rostro quemado
por el fuego de un tren incendiado— aparece en
el mercado de San José del Guaviare. Lleva un
sombrero de paja y una mochila con hojas secas.
Nadie le pregunta qué busca. Él no habla. Solo
mira. Y cuando la música empieza, sus dedos se
contraen como si estuvieran marcando el ritmo
desde dentro.
En el primer día de agosto, el agua del pozo
principal se vuelve negra. Todos lo ven. Nadie
bebe. Tres días después, el paramilitar abre la
boca y vomita una moneda de plata con el sello
del año 1949. La moneda tiene un agujero en el
centro. Como si hubiera sido perforada antes de
ser fundida.
La cumbia cambia. Ahora suena en clave menor. En
los árboles de guayaba, las aves callan. En las
veredas, las huellas se borran solo cuando
alguien camina sobre ellas. Las mujeres
comienzan a dibujar figuras en el polvo con tiza:
hombres desnudos con cintas de tela en la boca,
bailando alrededor de un fuego que nunca se
apaga.
El paramilitar no puede dormir. Cada noche,
siente que algo se mueve bajo su piel. Al
despertar, encuentra pelos blancos en la
almohada. No son suyos. Son del tamaño de un
hilo de coser. Los guarda en un frasco de
conserva.
En septiembre, el último baile del año se
celebra sin música. Pero cuando el sol se pone,
el aire se llenó de latidos. De golpes. Del
ritmo que nadie había escuchado desde el fin del
mundo. Las mujeres se pararon. Caminaron hacia
el centro. Se abrazaron. Sin palabras.
Y cuando el reloj de la iglesia dio las doce, el
paramilitar dejó de respirar. Su cuerpo no se
encogió. No se deshizo. Solo se volvió pesado.
Pesadísimo. Como si el suelo mismo lo reclamara.
Al amanecer, la cumbia regresó. Sin discos. Sin
grabación. Solo el sonido de un tambor, una
flauta, y los pies de doscientas personas que no
recordaban haber aprendido a bailar.
El pozo quedó limpio. El agua brillaba.
Pero en el fondo, algo aún late.


