El barrio La Candelaria se desangra bajo el peso
de cumbia en alta frecuencia y bocinas de
camionetas cargadas de droga. Las mujeres del
vecindario ya no rezan a Virgen del Rosario;
ahora arrojan hojas de laurel en el agua del río
que nunca llega al manantial.
En una fachada de ladrillo rojo, una mujer sin
nombre sienta sobre un taburete de madera y
repite palabras que no recuerda: “No soy la que
fue”. Su tetera hierve sin fuego. El calendario
está en blanco desde abril de 1978.
La policía local comienza a reclutar curanderos
urbanos para detectar huellas de cadáveres
enterrados bajo piso de cemento. Un reglamento
secreto exige que cada ritual incluya una
promesa: “Yo juro no recordar lo que vi”. Quien
rompe la promesa desaparece durante tres días.
Nadie más la busca.
Ella escucha un disco de Los Gaiteros de San
Jacinto. La música le hace llorar. En el fondo
del vinilo, hay una voz que dice: “Tu mamá me
dijo que no volvieras”. No puede entenderla.
Pero cuando toca el micrófono de la radio del
bar, el aire vibra como si algo dentro de ella
se hubiera movido.
El segundo martes del mes, un niño muere ahogado
en el tanque de agua del edificio. El cuerpo
flota. La curandera lo toca. Siente el latido de
un puño contra su pecho. Recuerda un río negro,
un camino de tierra entre montañas, una cuna
hecha de caña.
Por primera vez en años, abre el cuaderno de
anotaciones que no había tocado. Las páginas
están llenas de nombres escritos con tinta negra.
Uno dice: Luz María, nacida en Buenaventura,
1959. Debajo, un símbolo dibujado con sangre de
gallina.
A medianoche, sube al techo del edificio. Apaga
todas las luces. Lanza cinco palos de incienso
al viento. Algunos se queman antes de llegar al
suelo. Uno se queda en la cornisa.
Cuando baja, el cuaderno está vacío. El nombre
ha desaparecido. Pero en el piso del baño, una
gota de sangre forma una cruz. Y en el espejo,
por primera vez, hay una imagen clara: una niña
con el pelo atado con un pañuelo rojo, corriendo
hacia el mar.
La ciudad sigue vibrando. El olvido sigue
funcionando. Pero ahora, ella sabe que no es la
única que no quiere recordar.


