Bogotá, 1983. El suelo bajo las plantas de los
barrios pobres se agrieta con cada nuevo
desplazamiento. Un periodista con nombre de
tinta y voz de grava recibe una carta sin sello:
“No escribas sobre el río.” Su último artículo
denunciaba el tráfico de tierras en el Chocó,
pero ya nadie lo escucha.
En medio de la fuga hacia el Pacífico, el tren
se detiene en un poblado sin nombre. El aire
huele a humedad y cebolla asada. Allí, entre
puestos de dulces de coco y radios que repiten
cumbia en clave menor, un hombre le entrega un
paquete envuelto en tela de burlap: “La selva te
devolvió algo que no debió quedarse.”
El paquete contiene un disco de piedra tallado
con rostros que no tienen ojos. Al tocarlo, el
periodista siente el pulso de un ritmo antiguo —
no musical, sino biológico— como si el corazón
de la tierra latiera dentro de sus venas. No
puede dejar de mirar al río: sus aguas reflejan
no el cielo, sino imágenes de otros hombres
muertos, todos con su misma cara.
A las tres de la mañana, el primero de los
cuerpos aparece en la orilla. Sin heridas, con
el disco clavado en el pecho. El segundo, días
después, tiene el mismo gesto: boca abierta,
como si hubiera intentado gritar un nombre.
El periodista corre a la casa abandonada donde
guardó el disco. En la pared, el polvo forma
letras: “Tú no eres el primero.” Mira el río.
Esta vez, el reflejo no muestra su rostro.
Muestra a una mujer con el pelo trenzado,
sentada frente a una fogata. Ella levanta una
palma: “No huyas. Acá no hay lugar para escapar.
”
Él no responde. Pero el río comienza a moverse
sin viento. Las raíces del bosque se retuercen
como dedos. La selva no es silenciosa. Es el eco
de lo que fue. Y ahora, por primera vez, está
lista para hablar.
El periodista no regresa a Bogotá. Su último
informe nunca se publica. Solo queda el disco,
enterrado bajo la base de una casa de ladrillo
visto. Años después, una niña lo encuentra
mientras juega entre cascotes. Lo acerca a sus
oídos. Y sonríe.
La selva ha elegido.


