Bogotá, 1983. El asfalto ya no absorbe lluvias;

se hincha como piel de cadáver bajo el sol. Las

casas nuevas crecen sobre antiguos corrales de

ganado, y donde antes había juncos, ahora hay

bocinas de taxis. El aire huele a cloro,

frituras baratas y algo más: una electricidad

subterránea que zumba cuando alguien olvida un

nombre.

El detective privado tiene el rostro de un

hombre que no recuerda su propio apellido. Solo

sabe que le dieron una carta con el sello de la

Secretaría de Desplazados y que, desde entonces,

todos los días, escucha una canción que no

reconoce. La primera vez que la oyó, dejó de

temblar.

En el fondo de un archivo abandonado, halla una

lista: 47 nombres de personas que

“desaparecieron” entre 1975 y 1982. No figuran

en registros oficiales. Pero sus fotografías

están marcadas con un símbolo: tres notas

musicales cruzadas. Algunas tienen un número de

serie grabado en la muñeca.

Pasa una semana sin dormir. Cada noche, el

cumbia de la radio se detiene abruptamente. Y en

el silencio, una voz susurra: “No te acuerdes de

nada. No te acuerdes de nada.”

Busca en la Biblioteca Nacional. Encuentra un

libro de 1956 con ilustraciones de campesinos

bailando en rueda, pero sus caras están borradas.

Al invertir el papel, aparece una página escrita

a mano: “Si cantas, puedes seguir viviendo. Si

callas, el pacto se rompe.”

Una madrugada, el metro de la Avenida Caracas se

detiene. Los pasajeros no bajan. Todos miran al

frente. Un niño de ojos negros empieza a cantar.

Una canción antigua. Sin letra. Sin ritmo.

Cuando termina, el tren se mueve. Y el niño ya

no está.

El detective entra en una librería de segunda

mano. El dueño le ofrece un disco. “Este fue el

último que se vendió antes de que el sistema de

tarjetas de identidad cambiara.”

Al ponerlo en el tocadiscos, su cabeza explota

en imágenes: un hombre arrastrando a su hija por

un arroyo lleno de botellas. Ella grita, pero él

no oye. Luego, el sonido se corta.

La amnesia regresa. Pero esta vez, también lo

hace el conocimiento: el pacto no es solo para

olvidar. Es para que el mundo siga funcionando.

Amanece. El detective camina hacia la Plaza de

Bolívar. Deja caer el disco. Se detiene.

Y empieza a cantar.

No es una canción. Es una confirmación.

Por primera vez en años, no siente miedo.

La ciudad respira.