La ciudad se partió en dos: la que vive y la que
ya no habla. En el barrio San Cristóbal, donde
el asfalto huele a aceite de cumbia y el humo de
las barracas traga el sol, las puertas de las
casas ya no cierran por dentro.
El Retro llegó sin avisar. Antes, la gente
caminaba por caminos de tierra; ahora, el metro
ruge bajo el suelo como un animal dormido. Las
mujeres de la plaza Chorro de Quevedo ya no
entran al mercado con cestas llenas. Entren con
bolsas de papel, las manos cruzadas sobre el
vientre. Porque algo más pesa que el miedo.
Ella se llama Luz, y no cura con hierbas.
Curación es palabra vieja. Ella negocia. En la
cocina trasera de una fonda, frente al frigobar
roto, dibuja círculos en el piso con tiza blanca.
Un círculo por cada alma que ha sellado. Cada
uno con un nombre escrito en tinta de tamarindo.
El primer pacto fue por una hija. La niña tenía
fiebre alta, el hospital le negó espacio. Luz
pidió tiempo. El pacto exigió sangre de quien no
diera consentimiento. No se mencionó quién era.
Sólo que el acuerdo se cumpliría. La niña vivió.
Y desde entonces, todos saben: cuando la luz se
apaga en la fonda, es porque alguien ha firmado.
En julio, empezaron a desaparecer las que
cantaban cumbia en los bailes del barrio. No
dejaron huellas. Solo una guitarra abandonada
junto al canalón. La policía no busca. Los
reportes se queman antes de llegar al archivo.
Luz encuentra un trozo de tela con olor a jazmín
y sangre. Lo reconoce: es de la capa de un
curandero muerto en 1953, durante la Violencia.
Su cadáver nunca fue hallado. Pero su ritual
vivió.
La regla no está escrita. Está en el aire: si
rompes un pacto, la memoria colectiva se deshace.
Las voces se apagan. Los recuerdos se vuelven
pájaros sin rumbo.
Ella va al cementerio de San Cristóbal. Allí,
bajo el mausoleo de los desaparecidos, abre el
altar que nadie vio antes. Enciende tres velas
con cera de abeja. Llama a los espíritus de
quienes firmaron pactos. No hay palabras. Solo
el sonido del viento atravesando el cristal roto.
Al amanecer, la primera mujer aparece. En la
esquina de Calle 14. Con los ojos vacíos. Habla
con voz de otro: “No me llamen. No soy yo.”
Luz sabe que el pacto sigue vivo. Pero también
sabe que si no lo rompe, el barrio entero dejará
de recordar cómo se llamaba.
Pone su mano sobre el suelo. Dibuja un nuevo
círculo. No con tiza. Con sangre de su propio
dedo. Pasa el anillo de plata que heredó de su
madre. Rompe el contrato.
El aire se detiene. El viento deja de soplar.
Durante tres minutos, ninguna canción suena en
ningún radio.
Cuando vuelve el sonido —una cumbia de 1976—,
todas las mujeres que estaban perdidas están de
vuelta. Y ya no temen. Porque ya no necesitan
pactar.
Y en el fondo del frigobar, donde antes estaba
la foto de una niña, ahora hay una sola flor de
jazmín. Seca. Sin perfume.


