El tren llega a Bogotá con el costado amarillo
de las bocinas desafinadas, como un sismo de
metal. Ella baja con una maleta de madera y un
pañuelo negro envolviendo el pelo. No dice nada.
El agente del programa de protección le entrega
una llave de concreto y una dirección en Suba,
sin nombre, sin teléfono.
En la casa de dos pisos, el agua no corre igual.
La presión baja, pero el aire huele a lodo viejo
y cloro. Cada noche, los vecinos bailan cumbia
en los patios; el sonido sube por las paredes
como un rito prohibido. Ella no baila. Escucha.
En el espejo, sus ojos parecen más oscuros que
antes.
Un día, la oficina del programa le exige
informar sobre un caso de corrupción judicial.
Ella firma un documento. Al volver, encuentra
una foto de su hermana en la cocina: muerta,
boca abierta, frente al mar de Chocó. La imagen
no estaba allí ayer.
La regla es clara: no hablar del pasado. Pero el
pasado habla primero. Una voz baja desde el tubo
del baño dice: “No te olvides de quién eras.” No
hay nadie. Solo el agua que gotea.
A las tres de la madrugada, un camión pasa con
el motor apagado. Deja una bolsa con cenizas de
papel quemado y un mensaje escrito en tinta roja:
“Tú sabes dónde están los cuerpos.”
Ella no responde. Saca una piedra negra del
bolsillo —sacada del río de su pueblo— y la pone
sobre el plato del comal. Enciende el fuego. Las
cenizas arden sin humo. La casa tiembla. No es
el temblor de la ciudad. Es el cuerpo de la
tierra recordando.
Al amanecer, la puerta está abierta. La llave ha
sido reemplazada. La oficina del programa ya no
tiene registro de ella. El vecindario dice que
nunca estuvo.
En la radio, un grupo de cumbia toca una canción
antigua: “Mamá, no me olvides.” Ella cierra los
ojos. La nostalgia no es un sentimiento. Es una
huella.
Y en el fondo del comal, la piedra negra sigue
caliente.


