El nuevo sistema de metro se abre con un acto

simbólico: una rueda de trenes sin pasajeros

cruza la ciudad desde las faldas del Cerro

Chingaza hasta el barrio San Cristóbal. La

inauguración es televisada, pero nadie nota que

las estaciones del norte no tienen puertas de

salida.

Las mujeres del barrio, recluidas por meses tras

el desalojo colectivo, comienzan a notar un olor

metálico en el aire cuando llueve. En el fondo

del pozo de ventilación del túnel 7, encuentran

una cinta de video quemada. El audio está

borroso, pero se escucha un grito de niño y una

voz masculina diciendo: “No hay registro de este

lugar”.

Un técnico de mantenimiento muere ahogado en un

ducto cerrado. Su identificación revela que

nunca fue contratado. El informe oficial lo

registra como “accidente laboral”, pero la lista

de empleados incluye nombres que ya no están

vivos.

La comisión de mujeres exige acceso a los planos

de construcción. La oficina del alcalde responde

con una orden de silencio. Las calles vecinas

comienzan a perder señales de teléfono móvil.

Los vecinos afirman que los niños ya no regresan

de sus caminatas al parque.

En la madrugada del día 13, las mujeres rompen

el bloqueo en el túnel 7. Abren una compuerta

sellada con cemento. Dentro, encuentran una

galería subterránea dividida en módulos pequeños.

Cada uno contiene un cuerpo joven, amarrado con

cable de cobre, cubierto de polvo blanco.

Algunos llevan prendas de colegio local.

El alcalde firma la autorización para demoler el

sector. A las seis de la mañana, el primer

explosivo detona. Una onda sísmica sacude el

subsuelo. Desde entonces, el metro funciona sin

interrupciones. Las estaciones del norte

permanecen vacías. Nadie pregunta por los

pasajeros que no llegaron.

La ciudad respira más ligera. El sistema

funciona. El suelo no tiembla más. Y en los

archivos municipales, todos los registros de

desaparecidos del último año aparecen como

“cancelados por error administrativo”.