El puente de San Rafael se derrumba bajo el peso

de tres cadáveres colgando de los cables. En la

orilla sur, un hombre con el rostro cubierto por

un trapo teñido de sangre camina sobre piedras

resbaladizas, arrastrando una maleta de cuero

agrietado. El río corre negro como aceite, y el

viento lleva el olor a pólvora quemada y carne

en putrefacción.

La Transición no es un periodo: es un cambio en

cómo el mundo funciona. Las haciendas ya no son

propiedades; son señales de muerte. Los

terratenientes están muertos o huyendo. Los

campesinos, obligados a elegir entre los

liberales y los conservadores, descubren que sus

hijos ya no saben qué significa “familia” si no

hay tierra para enterrarla.

El contrabandista fronterizo no vende drogas.

Vende memoria. Un documento firmado por su padre

en 1945, sellado por el notario de Jericó,

prueba que él —no el ejército, no el juez— posee

el terreno donde nació. Pero el poder ya no está

en los papeles. Está en quien dispara primero.

En el fondo de la maleta, no hay dinero. Hay

cinco cartas escritas a mano, cada una con una

fecha diferente, todas enviadas desde lugares

que ya no existen: El Guamo, La Pava, El Tablón.

Cartas sin destinatario. Todas dicen lo mismo:

“No puedo volver.”

La subasta clandestina comienza al anochecer, en

una casa abandonada cerca del río. No hay lista

de ofertas. Solo silencio. Un hombre con

uniforme de civil y botas de goma toma el primer

papel y lo quema frente a todos. Una lluvia de

ceniza se eleva como polvo de huesos.

El sistema cambió: ahora, las tierras no se

venden. Se heredan por miedo. Si no estás

presente cuando el terreno se subasta, ya no

eres dueño. El contrabandista entra. El hombre

con botas lo mira. No dice nada. Le entrega una

caja de cartón. Dentro, una fotografía de su

madre en el patio de la hacienda, antes de que

el fuego llegara.

Él no puede llorar. No tiene lágrimas. El dolor

no le pertenece más.

Sale del lugar. Cruza el río por un corral de

cabras flotante, atado con cuerdas de soga. Al

otro lado, el sol empieza a salir. El cielo se

divide en dos partes: una negra, otra roja.

Nadie lo sigue. Nadie lo espera.

La tierra ya no es suya. Pero el río, sí. Y el

río no pregunta quién lo cruzó. Solo lo lleva.