El cuerpo de Mateo se hunde en la tierra del

Chocó cuando el tren de carga deja atrás Turbo.

No lleva maleta, solo un pañuelo con el nombre

de su madre bordado en hilos de color amarillo

pálido. El año es 1976, pero el mundo ha

cambiado: las casas de palma ya no son techos,

sino ruinas con ladrillos de cemento que huele a

guerra pasada. La tierra está más seca, el mar

más cerca, y el río que antes cruzaba el valle

ahora es un canal de basura negra que corre bajo

el asfalto de una nueva carretera nacional.

La gente lo mira como si fuera un fantasma,

aunque él no fue al funeral del abuelo ni del

hermano. Solo tiene el recuerdo del canto de las

mujeres en el baño de piedra, del aroma del

arroz con coco al anochecer, del olor a tierra

mojada después de la lluvia. Ahora todo huele a

gasolina y cloro. Su casa fue vendida por el

Estado durante el “ordenamiento urbano” —una

palabra que nadie pronuncia sin mover los labios

como si tuviera miedo.

Cruza el nuevo puente de hormigón y encuentra a

una mujer sentada en el borde del barranco. No

la reconoce, pero ella sabe quién es. Le dice

que el río fue desviado por una obra de

irrigación que nunca funcionó, que el agua fue

drenada hacia Bogotá para alimentar fábricas de

textiles. Que hoy en día, donde el río corría,

hay un mercado clandestino de cocaína y un club

de cumbia que toca hasta la madrugada. Ella le

entrega una botella de agua embotellada con el

sello de una marca de la época del abuelo: Agua

de San Sebastián. Un detalle que nadie más

recordaría.

Mateo camina hacia el sitio donde solían bañarse

los niños. Allí, bajo una roca con grabados de

peces, encuentra una figura tumbada boca abajo.

No puede verle el rostro, pero el traje es el

mismo que usaba su hermano cuando fue reclutado

por los liberales. La mano derecha tiene una

cicatriz de tajo que coincide con la que él

mismo recibió en el campo de batalla del 52. El

hombre muere al tocarlo. En el bolsillo interno,

una foto en blanco y negro: él, su hermano, y

otro joven que no reconoce. En el reverso,

escrito con tinta azul: “No dejamos el río. Nos

dejó.”

La policía llega dos horas después. No pregunta

nada. Solo levanta el cuerpo y lo saca en una

furgoneta sin placas. Mateo no grita. No llora.

Camina hasta el final del camino, donde el

asfalto termina y empieza el bosque. Se sienta

bajo un guayacán milenario. Deja la botella de

agua sobre el suelo. Algo cruje. Una semilla.

Crecerá allí, sin agua, sin cuidado, sin

testigos. Y dentro de esa semilla, algo se mueve.

No es raíz. Es memoria.

El cielo se cubre. No llueve. Pero el aire

cambia. Huele a humedad antigua. A tierra que no

ha sido tocada desde hace veinte años.