El 1952, en una vereda sin nombre entre Popayán
y Cali, el río dejó de ser agua y se convirtió
en límite. Las familias ya no cruzaban el cauce;
lo miraban desde el otro lado como si fuera un
cementerio fluvial. La maestra, doña Lucía,
había enseñado en la escuela de madera con techo
de paja desde 1946. Cada lunes, los niños
llegaban con guantes de lana y sandalias rotas,
cantando canciones de la radio del mercado.
Cuando el ejército llegó con órdenes de "limpiar
el sector", ella no firmó el documento de
entrega. El papel decía: "Territorio neutral
bajo control civil". Ella sabía que no era
neutral. Sabía que quien tenía tierra tenía
sangre. Los primeros en desaparecer fueron los
más jóvenes. No hubo gritos. Solo silencio. Un
mes después, el coro de cumbia que salía de la
casa de la vieja Doña Tere ya no sonaba.
En el año siguiente, el camino hacia el pueblo
quedó cubierto de piedras. Nadie lo cruzó. Ni
los curas, ni los médicos, ni los agentes del
INPEC. Sólo una bici rota, abandonada junto al
árbol del viejo encino. En ese lugar, los niños
comenzaron a dibujar mapas de la escuela que ya
no existía. Algunos escribieron nombres en el
polvo: Jorge, Yuli, Luis.
Doña Lucía quemó el registro de propiedad en el
patio. No fue por temor. Fue porque ya no le
importaba quién lo poseyera. Lo que importaba
era que nadie más pudiera decir que había sido
suyo.
El 1957, el gobierno anunció el Pacto Nacional.
En las radios, la cumbia volvió. Pero no era la
misma. Era más rápida, más alta, con
sintetizadores que no tenían alma. Los jóvenes
que regresaron a las ciudades llevaban discos de
cuero negro, pegados con cinta adhesiva. Dicen
que cuando tocan esos discos, el viento en el
campo deja de moverse.
Doña Lucía sigue allí. Con una silla de palo y
un libro de cuentos. A veces, cuando el sol se
pone, el viento arrastra un eco de voces. Esos
ecos no son fantasmas. Son los nombres que nunca
se olvidaron. Y cada vez que alguien los llama,
el terreno se hincha un poco, como si el suelo
recordara.
La tierra no se rinde.
Solo espera.


