El barrio de Santa Fe Vieja ya no es el mismo
desde que el tren dejó de pasar. Las casas de
ladrillo rojo se derrumban lentamente, como si
el suelo les hubiera olvidado el nombre. Los
niños juegan entre pilas de cerámica y madera
podrida, donde antes había patio de escuela. En
una esquina, la anciana Doña Lilia sienta su
mecedora bajo un árbol sin hojas, frente a un
puente de cemento que cruza un río ahora solo
imaginado.
La gente le dice que ya no cree en cuentos. Que
el mundo ya no tiene magia. Ella responde con un
silencio que pesa más que las palabras. Pero
cada noche, cuando el viento levanta polvo del
suelo, ella comienza a hablar. No para
entretener. Para mantenerlo todo quieto.
El 14 de abril, un joven del barrio entra al
viejo templo abandonado con un cuchillo de
cocina y un papel en el bolsillo: “Limpieza”.
Dice que hay un espíritu que lo sigue desde hace
meses. Que el sonido de pasos detrás de él no se
va. La gente lo mira como si fuera loco. Nadie
sabe que el espíritu no es un fantasma. Es el
eco de una masacre que nadie quiso nombrar.
Doña Lilia lo ve entrar. Lo reconoce. Era hijo
del hombre que mataron en el camino de
Pueblorrico, en el año 50. El mismo que ella vio
caer junto al puente, con el uniforme del
Liberal manchado de sangre y un reloj de
bolsillo parado en las tres menos diez. Ella no
lo contó entonces. Ni hoy.
Al amanecer, el exorcismo comienza. El joven
grita, el aire se pone denso. El suelo tiembla.
Las paredes del templo empiezan a temblar con
voces. No son voces humanas. Son risas, llantos,
detonaciones. Un niño de ojos negros aparece en
el altar, con el traje escolar del 52. Luego
otro. Luego todos. De los años perdidos. De las
familias borradas.
Cuando el joven cae, los cuerpos desaparecen.
Pero el lugar no queda limpio. Al salir, el sol
está al revés. Duro. Rojo. Y el pueblo empieza a
recordar.
Las mujeres vuelven a lavar ropa en el río,
aunque no hay agua. Los niños corrían por la
calle, pero ahora saben qué caminaron. Una niña
de cinco años dice: “Era mi abuelo el que estaba
ahí”. Su madre no sabe quién es.
En la esquina, Doña Lilia no habla. Solo mueve
los dedos sobre el banco. El viento se detiene.
El polvo se queda en el aire. Por primera vez en
décadas, alguien abre una ventana y no la cierra.
Y en el techo del templo, una flor de papaya
crece entre los cristales rotos.


