El camino a San Bartolomé se borró con el fuego

de 1950. Solo quedaron los cimientos de la

iglesia y el pozo donde antes lavaban la lana.

Un hombre sin nombre camina entre las piedras,

pintando con carbón las paredes que ya no tienen

techo. No pide dinero, solo mira. Sus manos

saben más que su boca.

En la casa del cura, ahora desvencijada, halla

un frasco de cristal sellado con cera negra.

Dentro, un papel doblado. La escritura no es de

nadie que viviera en vida. Dice: “Quien lea esto,

será el próximo.”

La regla está en el aire: nadie puede hablar del

ritual. Si alguien lo menciona, el viento se

detiene. Los pájaros callan. Y luego, el sol se

quema desde dentro. La gente del pueblo lo sabe,

pero jamás lo dice. Porque el ritual no es una

tradición. Es una obligación que se repite cada

diez años: elegir a uno para que cargue el

secreto, hasta que muere o huye.

El artista sigue dibujando. Pinta el rostro de

un niño que nunca existió. En la última noche,

el viento se apaga. Las luces de Bogotá

distantes se apagan una a una. El frasco se

rompe sobre sus pies. El papel se enciende sin

llama.

Él no grita. Se arrodilla. Toma el carbón.

Escribe en el suelo: “No soy el siguiente.”

Al amanecer, el pueblo está vacío. Solo queda el

dibujo. Un rostro joven, sonriente, con un

círculo en la frente. Al lado, escrito en tinta

roja: “Este fue el primero que dijo que no.”

Y en el centro de la plaza, el pozo ha cambiado.

Ya no tiene agua. Tiene una huella de pie.

Fresca. Con zapatos de cuero.