La tierra de San Vicente ya no reconoce las
huellas de quien vivió aquí. Solo el polvo del
camino y el humo de las quemas de maíz quedan.
El periodista llega con una maleta de papeles y
una cinta de audio deteriorada: el último
concierto de Óscar "Chorrito", muerto en una
emboscada al borde del río Cauca. No hay cuerpo.
Solo sangre en el pantalón de lona y el disco de
cumbia que nunca llegó a tocar en vivo.
El pueblo ha cambiado. La hacienda principal fue
quemada en el 51. Los campesinos ahora viven en
ranchos improvisados bajo techos de lámina,
alejados del centro como si el silencio fuera un
acto de fe. Nadie habla de lo que pasó. Nadie
recuerda bien. Pero el ritmo sigue sonando — no
en radios, sino en los murmullos entre risas
forzadas, en los pies que golpean el suelo
cuando nadie mira, en las canciones que se
cantan apenas se cierran las puertas.
La primera regla que quebranta es la de no
preguntar. En esta región, el pasado no se
revisa. Se entierra. El periodista empieza a
escribir en un cuaderno en blanco, pero cada vez
que toca el tema de Óscar, el agua del pozo se
agita sin viento. Un niño lo mira desde el patio
trasero, le señala el suelo, luego hace el gesto
de borrar. La segunda regla: no grabar. Al
intentar usar el aparato de audio, el botón se
queda pegado. Cuando lo abre, el casete está
vacío. Solo un trozo de tela tejida con hilos
negros y rojos — como una bandera de luto hecho
con telaraña.
En la noche del tercer día, el periodista camina
hacia la plaza abandonada donde solía haber un
teatro. Allí, bajo el arco de piedra derruida,
encuentra el violín de Óscar. No lo toca. Lo ve.
Y de repente, el aire vibra. Las luces de las
farolas parpadean. El sonido de la cumbia brota
de ninguna parte: un ritmo rápido, triste, que
sabe de dolor antiguo. Él se detiene. No corre.
No grita. Siente que ya no puede salir de esto.
Al amanecer, el cuaderno está lleno. Páginas
escritas con tinta azul que no seca. En cada
línea, la misma frase: “No fue él. Fue el ritmo.
” El periodista deja el cuaderno sobre el piano
roto del teatro. No lo cierra. Sale del pueblo
sin mirar atrás.
A tres kilómetros, el camino termina. Un taxi lo
espera. El conductor no pregunta adónde va. Solo
dice: “Ya no hay más canciones que contar.” El
periodista asiente. El coche arranca. El viento
mueve el cuaderno abierto en el asiento. No hay
palabras. Solo el eco del tambor que jamás se
detiene.


