La vía férrea entre Medellín y Jericó se
convirtió en una línea de sangre el 10 de abril
de 1948. Treinta y dos campesinos de San Pedro
de Paredes fueron ejecutados tras un aviso de
guerra cruzada. La estación quedó cerrada al
tráfico civil, pero no al silencio.
En 1953, un hombre con cara de niño y ojos de
viejo apareció en la plataforma abandonada.
Llevaba un maletín de cuero negro, un nombre
bordado en la solapa: Andrés Mendoza. No dijo
nada cuando el guardia lo miró. Solo mostró el
documento que le permitía caminar sin ser visto.
Las reglas del lugar ya no eran del gobierno,
sino del pacto tácito: si uno hablaba del pasado,
perdía la capacidad de hablar. No era censura.
Era física. Una mañana, un joven de
Barrancabermeja abrió la boca para contar lo que
vio en el río, y al día siguiente solo podía
emitir sonidos guturales como un animal herido.
Nadie lo buscó. Nadie lo recordó.
Andrés Mendoza fue nombrado testigo protegido
por un comité secreto del Partido Liberal. Su
oficio era escribir. Pero no en papel. En
memoria. Cada noche, registraba voces que ya no
existían. Sus notas eran leídas por personas que
nunca habían estado allí.
El 27 de septiembre, llegó el aviso: “El archivo
será entregado en la última parada”. No había
más trenes. Solo una estación vacía y un reloj
detenido a las 3:17.
Mientras el sol caía sobre el techo de zinc
oxidado, Andrés entró al edificio principal. El
aire olía a humedad y tiza. En el fondo del
vestíbulo, un cartel decía: Nadie debe recordar
esto.
Abrió el maletín. Dentro, no había documentos.
Solo un disco de vinilo con grabaciones de
cantos campesinos, recopiladas por su padre
antes de desaparecer.
Cuando lo puso en el tocadiscos, comenzó a sonar
la canción de la marcha de San Pedro: "No nos
maten por el color del casco".
En ese instante, el cielo se oscureció. Las
luces de la estación parpadearon tres veces. Y
todos los presentes —hombres, mujeres, niños— se
detuvieron. Algunos lloraron. Otros se
arrodillaron. Nadie supo por qué. Pero todos
recordaron.
Al amanecer, el tren volvió. Con un conductor
desconocido, sin pasajeros. Solo un billete en
el asiento vacío: Para quien sabe que aún existe
lo que fue borrado.
Y en el campo, cerca del río, una niña de ojos
negros escuchó el primer verso del disco desde
una radio rota.
No sabía quién la había puesto. Solo sabía que
ya no estaba sola.


