La estación de Santa Rosa, en el altiplano
antioqueño, está muerta desde 1954. Solo los
cables oxidados y el olor a humedad permanecen.
En 1957, el último tren cargaba cadáveres de
campesinos asesinados por la guerra civil; hoy,
solo los fantasmas de los jefes de hacienda
caminan entre los andenes vacíos.
El hombre, con el uniforme de la guerrilla aún
manchado de tierra seca, camina hacia el río sin
saber que el secuestro ya empezó: la policía
rural no responde al llamado porque todos sus
radios están bloqueados por una interferencia
que nace del propio sistema de comunicación
regional. El poder ha cambiado: ya no se decide
en el campo de batalla, sino en el silencio que
sigue a cada disparo.
Lo toman en la barranca del río Cauca, cerca del
antiguo puente de madera. No hay pistola, ni
amenaza. Solo un sobre con fotos: su padre, en
1949, firmando la entrega de tierras a un
terrateniente de Medellín. El texto escrito en
tinta azul dice: “Estás en el lugar donde el
pacto se rompió”. La regla es simple: si no
revela lo que sabe antes del amanecer, lo
entregarán al comisario que lo buscó en 1952 —el
mismo que mató a su hermana menor.
Durante la noche, el hombre encuentra un taladro
abandonado bajo el andén. Lo usa para excavar un
agujero donde guarda el diario de su madre.
Dentro, no hay cartas. Solo un mapa del terreno
con una línea roja que va desde la finca hasta
la fosa común del pueblo. Al amanecer, la lluvia
cesa. El sol pone el primer rayo sobre el cartel
de la estación: “Santa Rosa – Abierta al olvido”.
No se entrega. Se queda. Pasa el día arando el
pedazo de tierra que nunca fue suyo. A las tres
de la tarde, aparece un niño con una flauta de
bambú. No dice nada. Solo mira el surco que hizo.
Cuando el niño se va, el hombre deja el taladro
en el hoyo.
A partir de ese momento, las vías del
ferrocarril empiezan a vibrar. No por trenes.
Por memoria. Los vecinos comienzan a recordar
nombres que no habían pronunciado en treinta
años. Una anciana abre el armario de su casa y
encuentra una carta de su marido, muerto en 1953,
con el sello del comisario.
El hombre no huye. No busca justicia. Solo
cultiva. Y cuando el sol se pone, el olor a maíz
tostado llena el aire como si el pueblo hubiera
vuelto a respirar.
La estación sigue vacía. Pero ahora, cuando
alguien cruza el puente, oye pasos que no son de
él.


