El pueblo de Páramo Viejo se hunde bajo niebla
perpetua, donde los caminos ya no llevan a
ningún lado. La tierra, antes fértil, ahora arde
por dentro: cada planta crece con hilos
eléctricos entrelazados, cada gota de agua tiene
memoria de orden. El gobierno de la Nueva Andina
implantó el Sistema de Vigilancia Lingüística en
1978 —una red de voces subterráneas que detecta
emociones prohibidas y neutraliza pensamientos
críticos mediante canciones de cuna programadas.
La anciana Lucía, conocida como la cuentacuentos
del lomo, vive sola en una casa de piedra con
ventanas de vidrio negro. Desde hace diez años,
no ha contado una historia que no sea repetida
por el sistema. Las palabras que usa son
filtradas, reescritas, devueltas como
advertencias. Pero ella guarda una vieja hebra
de canto indígena, la única que no fue grabada.
El día en que el Sistema activa el “Canto de
Anulación” en su barrio —un ritual nocturno que
borra toda memoria colectiva—, Lucía abre el
baúl de sus abuelos. Dentro, un libro de cuentos
sin páginas, solo letras talladas en madera. Al
tocarlo, el aire vibra. Los cables bajo el suelo
se encienden como venas. La primera palabra que
pronuncia —“No”— es detectada como amenaza. Un
dispositivo en la pared emite un pitido agudo.
No se apaga.
Ella empieza a contar. No una historia, sino la
verdad del asesinato de su nieto en 1953, cuando
los soldados del Partido Liberal quemaron el
rancho porque su padre era de la Unión Nacional.
Lo hicieron en silencio, pero él gritó. Gritó
tanto que el Sistema lo borró. No lo recordaba
nadie. Hasta hoy.
Con cada frase, el Sistema se resquebraja. Las
luces parpadean. Los niños que estaban dormidos
comienzan a despertarse con nombres que no
tienen. Una niña dice: “Yo soy Yolanda.” Ella
nunca había existido en el registro.
En el centro del pueblo, la torre central —el
corazón del sistema— comienza a temblar. La
señal de vigilancia se corta. Cientos de voces,
suprimidas durante décadas, se alzan en coro
desde los techos. No cantan canciones. Gritan.
Lloran. Recuerdan.
Lucía cae sobre el piso, agotada. Ya no puede
hablar. Pero la gente que escuchó está viva. Ya
no son víctimas.
Amanece. La niebla se retira. En el cerro, donde
antes no crecía nada, nace un sauce. Sus hojas
brillan levemente.
Nadie sabe quién lo plantó.


