La cárcel está bajo el suelo de un antiguo cerro

de Antioquia, excavada durante la Violencia

cuando los jefes de partido empezaron a enterrar

sus errores en cavernas que nadie visitaba. No

hay relojes. El aire huele a barro mojado y a

madera quemada por dentro. Los guardias no

llevan armas; solo silencios.

Hombres → desaparecen sin aviso. Algunos dicen

que el río subterráneo los traga. Otros afirman

que el suelo los reclama. Nadie pregunta cómo

llegan ni adónde van. Solo saben que si gritan

demasiado, el techo empieza a sangrar tierra.

Fantasía → no es mito. En esta prisión, el mundo

no funciona como antes. El tiempo se congela

cada vez que alguien recuerda un nombre de

familia. Las paredes se vuelven más gruesas con

cada mentira pronunciada. Si uno confiesa algo

verdadero, el suelo se abre. Pero solo si fue un

acto de resistencia.

Resistencia indígena → no es una causa. Es un

hecho físico. Un preso de piel morena, con los

dedos marcados por el carbón de las calderas,

comienza a cantar una canción sin tono. No es

música. Es un llamado. El río bajo la prisión

responde. Las grietas brillan. Las vigas crujen.

Alguien dice que era la voz del primer cacique

que nunca fue enterrado.

Político corrupto → estaba aquí por falsificar

documentos de desplazamiento forzado. Hizo que

23 familias perdieran sus tierras en el Cauca

para construir un centro comercial. Ahora no

puede recordar su propio rostro. Sus manos están

siempre frías. Y cuando mira al espejo, ve a

otro hombre: un campesino con ojos llenos de

ceniza.

Fuga de prisión → no comienza con un plan.

Comienza con un canto. El indígena se pone de

pie y camina hacia el fondo del pasillo que

nunca había sido iluminado. No hay puertas. No

hay cerraduras. Solo el sonido de un agua que

corre desde hace setenta años. Se arrodilla.

Apoya las palmas en el suelo. El terreno se

divide. Una corriente negra lo toma.

Angustiante → no es el miedo a ser atrapado. Es

el terror de que ya estés muerto. El político

intenta seguirlo, pero su sombra se disuelve. Al

llegar al límite, siente que no tiene cuerpo.

Solo memoria. Y entonces comprende: no fue él

quien fue encarcelado. Fue el país el que se

encerró en sí mismo.

La cárcel sigue existiendo. Pero ahora, bajo el

suelo, el río canta otra canción. Y en los

pueblos del norte, las madres dicen que oyeron

el eco de un lamento que no era humano. No se

sabe si fue liberación. Solo que el suelo ya no

es el mismo.