La tierra del Pacífico no reconoce propiedad.
Las casas se asientan sobre ceniza, los ríos
cambian de nombre cada año, y quien vive allí
sabe que el pasado no muere: se arraiga. La
bruja del Pacífico, hija de una línea
interrumpida por el fuego de 1950, regresa al
corralón de San José de la Ciénaga tras veinte
años sin pisar el territorio. El mapa oficial ya
no muestra la finca; el registro municipal la
borró como si jamás hubiera existido.
Las leyes locales dicen que nadie puede reclamar
tierras sin documento de posesión, pero nadie
pregunta qué pasa cuando el documento está
escrito en sangre. Ella lo sabe: su abuela firmó
con un dedo roto, el mismo que luego fue
enterrado bajo el umbral de la cocina. La
herencia maldita no es dinero ni tierra, sino la
obligación de recordar.
Cuando empieza a armar el primer cajón del
antiguo armario, encuentra una carta sellada con
cera negra. No hay nombre. Solo una frase: “Lo
que el pueblo olvida, tú no puedes venderlo.” Al
día siguiente, el presidente del consejo de
vecinos muere ahogado en un pozo que no estaba
allí ayer. El cadáver llevaba una moneda de
cinco pesos —la misma que ella usó para pagar el
pasaje desde Barranquilla— clavada en el oído.
Los hombres del lugar comienzan a mirarla como
si fuera un signo. No hablan. Solo se acercan
con bolsas de cal, y echan polvo sobre el camino
cada vez que ella camina. Un viejo dice que la
tierra ya no responde al trabajo, solo al
lamento. Que si alguien grita demasiado fuerte,
el suelo se abre y traga.
En la noche del tercer día, ella camina hasta el
viejo palmeral. Allí, bajo el último árbol que
aún no ha sido talado, encuentra el cuerpo de su
abuela. No es un cadáver. Es un montículo de
cenizas cubierto por hojas secas, con los pies
orientados hacia el mar. A su lado, una placa de
zinc con el nombre de la finca, hoy apagado por
la lluvia.
Al tocarla, siente el calor del sol de 1948. El
aire huele a tierra mojada y humo. Los árboles
no están allí, pero el sonido de un tambor llega
desde el fondo del bosque. Nadie más lo oye.
Amanece. La finca sigue sin nombre en los mapas.
Pero en el suelo, donde antes no había nada,
crece un naranjo joven. Sus frutos son amarillos,
pero cuando se rompen, despiden el olor a
quemado.
La bruja no dice nada. Se sienta junto al árbol.
No pide justicia. No llama a nadie. Solo espera
que el mundo aprenda a recordar.


