El pueblo de San Jerónimo se derrumbó bajo una
lluvia de balas el 12 de abril de 1948. No hubo
fuego ni humo: solo silencio de cristal roto. La
casa de doña Lucía quedó en pie, pero el piso de
tierra crujía como si llevara el peso de cien
nombres. Su hijo, Óscar, tenía trece años cuando
se fue a buscar leña al monte y no regresó. No
lo reclamaron por muerto; lo enterraron en vida.
En los años siguientes, la tierra empezó a
cantar. No era sonido, sino sensación: un
temblor bajo los pies cuando alguien pronunciaba
el nombre del ausente. Los ancianos decían que
el campo guardaba deudas con quienes habían sido
devorados por el odio. Las mujeres comenzaron a
recitar versos sin saberlos, y al hacerlo, el
suelo se aflojaba. Uno de esos versos era el que
Óscar había aprendido antes de desaparecer: "No
hay paz donde no hay voz, y no hay voz donde no
hay dolor."
Doña Lucía no podía dormir. Cada noche, el canto
venía desde el río, desde la raíz del árbol que
había plantado el día del nacimiento de Óscar.
Lo siguió a pie, cruzando veredas que ya no
existían, pasando por pueblos donde el miedo
había convertido las casas en cementerios. En
Bogotá, los bares de cumbia tenían un ritual:
quien cantaba el viejo tema del niño
desaparecido sentía que le faltaba un latido. La
policía lo registraba como perturbación
colectiva. Pero doña Lucía no iba por curiosidad:
iba por deuda.
La regla era clara: nadie podía cantar el canto
completo sin que el terreno se tragara algo. El
primer año, perdió su bastón. El segundo, una
oreja. El tercer año, el derecho para recordar.
Ya no sabía si Óscar era niño o fantasma. Pero
el canto seguía saliendo de sus labios como si
fuera un flujo de sangre.
En el municipio de Támesis, donde el suelo era
negro y pegajoso como piel de serpiente,
encontró el último fragmento del canto escrito
en una pared cubierta de hongos. Al terminarlo,
el suelo se abrió como boca. No vio un cuerpo.
Vio un eco: Óscar corriendo hacia el bosque,
vestido con la camisa de colegio, sin mirar
atrás.
Ella no gritó. No lloró. Solo dejó caer el
último verso sobre la grieta. Y entonces el
canto se detuvo.
A partir de ese día, en todas las casas del
valle, las madres dejaron de cantar. Y el suelo
dejó de temblar.
Pero en las noches de luna nueva, cuando el
viento sopla desde el norte, se dice que alguien
canta desde el fondo del río. Y que esa voz
tiene el tono de un niño que nunca se fue.


