La tierra del Pacífico no se mueve por lluvias,
sino por recuerdos. En la vereda de Chiribiquete,
donde los ríos ya no llevan agua sino nombres
olvidados, el suelo cruje bajo el peso de lo no
dicho. Un grupo de hombres llega con palas y una
promesa: devolver el pasado a sus dueños. No hay
mapas, solo una frase repetida desde antes del
48: “Lo que fue, no fue”.
El primer corte de tierra libera una raíz de
caña negra, retorcida como un hueso humano. Al
tocarla, el aire se congela. Las palas se clavan
solas. Una mujer aparece entre la niebla,
vestida de lino blanco, con el rostro cubierto
por una tela que no se moja nunca. Los hombres
saben quién es: la bruja del río Páramo. No
habla. Solo pone una mano sobre la raíz y
murmura algo que no existe en ninguna lengua
conocida.
Las reglas del lugar no están escritas. La
primera regla: no puedes pedir perdón si no has
cometido el crimen. La segunda: el silencio no
es vacío, es herencia. Cuando uno de los hombres
intenta huir, su sombra se queda atrás,
creciendo hasta formar una figura que lo sigue.
No grita. Solo camina. Y cuando alcanza al
hombre, lo abraza como un hermano. El cuerpo del
hombre se quema lentamente, pero sin fuego.
La bruja abre una caja de madera de cedro,
forrada con pieles de serpiente. Dentro, un
libro sin páginas, solo tinta negra que se mueve
como sangre. Abre el último cierre con el dedo
índice. Allí, escrito en sangre seca: “Te
mataron por no recordar”.
La culpa oculta no es un secreto personal. Es un
sistema. Cada familia del Pacífico tiene un
muerto que no puede nombrarse. Cada nombre que
se dice provoca un terremoto menor. La justicia
por mano propia no es elección. Es obligación de
quien siente el suelo moverse.
El último hombre que queda mira el libro. Sabe
que su padre fue el que ordenó quemar la casa de
la bruja en 1951. Sabe que él mismo tuvo un
hermano asesinado por hablar de eso. Pero no
sabe qué pasó después.
La bruja extiende el libro hacia él. Él lo toca.
Y todo el campo se convierte en un espejo: ve a
su padre, a su hermano, a todos los muertos de
la región, todos juntos, sin rostros, sin voz,
sólo moviendo los labios.
Al cerrar los ojos, el hombre no muere. Se
transforma. Su piel se pone negra como la tierra.
Sus pies no tocan el suelo. Camina hacia el mar,
siguiendo el río que no existe en los mapas.
El fuego no quema. Pero el mundo sí arde.
Y en Chiribiquete, donde antes no había nadie,
ahora hay un nuevo ritual: cada noche, alguien
deja una hoja de cacao sobre la raíz de caña
negra. No para pedir perdón. Para confirmar que
aún está vivo.


