El río Negro corre más oscuro cada año, como si
el suelo del Chocó hubiera tragado todos los
secretos. En la casa de techo de lata y madera
podrida, la bruja del Pacífico pesa el nombre
del muerto en una balanza de huesos de gallina.
El niño que murió en 1950 no tiene tumba. Solo
un pilar de piedra con un agujero para la voz.
La prisión de Turbo no es de cemento. Es de
memoria. Cada pared huele a guayaba podrida y a
tierra mojada. Allí están los hombres que nadie
quiere recordar: presos por haber pertenecido a
uno de los dos bandos que deshicieron el orden
del campo. Los verdaderos criminales ya están
libres, sentados en las mesas de los cafés con
corbata.
Un día, en medio del calor que aplasta el techo
de zinc, el celador abre la celda de un hombre
sin nombre. No hay orden judicial. Solo una
carta escrita en papel de cuaderno escolar, con
tinta roja y letra temblorosa: “Vuelve antes del
amanecer o el río no te devuelve.”
El hombre camina desnudo hasta el patio. No
lleva esposas. No hay guardias. Solo el eco de
una cumbia que empieza a sonar desde dentro de
una radio vieja, atada a un palo de mango. El
sonido sale de un lugar que no existe. Las
paredes tiemblan. Una luz verde sube por el
tronco de un árbol y se disuelve en humo negro.
Los prisioneros se ponen de pie. No hablan.
Sienten el ritmo en los dientes. Algunos lloran.
Otros reían. Todos olvidaron que la música era
un secreto que no se puede cantar en voz alta.
A las cinco de la mañana, el puente de cuerda
sobre el río se quema. El fuego no avanza contra
el viento. Avanza hacia atrás. Hacia el centro
del pueblo.
En la plaza principal, la bruja arroja el último
hueso a las llamas. El río se detiene. Un grito
se escucha bajo el agua. Luego nada.
Cuando el sol aparece, el hombre está sentado en
la vereda de una casa vacía. Tiene una bolsa de
tela con seis billetes falsos y una foto de su
hermano. Nadie lo reconoce. Nadie le pregunta.
Algo cambió. No fue el fuego. Fue el silencio
después. El río sigue corriendo. Pero ahora,
cuando alguien se asoma al borde, ve reflejadas
no sus propias caras, sino las de los que nunca
regresaron.
La cumbia sigue sonando, aunque la radio ya no
funciona. Y en el fondo del pozo, el nombre del
muerto se repite sin pausa.


