El río Bogotá se secó en 2031. No hubo lluvias.
Solo humo de quemaduras de carbón y polvo blanco
que no se movía. Las torres de Soacha ahora son
pilastras de cemento negro, y las calles de
Usaquén, canales de lodo crudo. El mundo ya no
gira con electricidad ni gas, sino con bolsas de
coca molida mezclada con sal de mar —la única
sustancia que hace funcionar los circuitos de
los generadores antiguos.
La anciana vive sola en un sótano del antiguo
mercado de Paloquemao. Su nombre no importa.
Todos la llaman “La Que Cuenta”. Tiene ojos como
piedra pómez y dedos marcados por cicatrices que
no son de fuego, sino de tinta. Cada noche, le
da a quien entra —un niño sin padre, un soldado
desarmado— una historia corta. Debe contarlas
bien: si falla, el oyente no sale vivo. Porque
las historias, aquí, no son solo recuerdos. Son
claves.
Hoy llega un hombre con el rostro cubierto por
un pañuelo de seda gris. Lleva una botella de
agua purificada, vacía. Pide una historia que no
exista. Ella no sabe que él es el hijo de la
persona que ella mató en 1954, cuando aún había
tierra, y nombres verdaderos.
Ella comienza: “Hubo una mujer que nació bajo el
árbol de chonta, pero nunca tuvo padre.” El
hombre se tensa. No debe ser esta historia. Pero
ella sigue. “Ella creció en una hacienda donde
los negros trabajaban sin contrato, y los
blancos se llamaban ‘dueños’ aunque no tenían
tierra.”
Al decir “no tenía tierra”, el hombre toca el
pañuelo. Una regla: nadie puede mencionar que el
poder ha cambiado de manos desde el colapso. Esa
frase es prohibida. Pero ella lo dice. Y el aire
vibra. Los generadores del sótano se apagan. El
silencio se vuelve pesado.
Él saca un cuchillo. Ella no se mueve. Lo mira.
Sabe que esto era inevitable. Entonces, entre
susurros, dice: “Tu madre era mi hija. Yo la
quemé porque me dijo que tú eras el único que
podría salvarnos. Pero no era cierto. Era
mentira. Nadie puede salvarnos.”
El hombre tira el cuchillo. No por compasión.
Porque la historia que escuchó —una que nunca
supo que existía— le hizo recordar algo real: su
nombre. Santiago. No era un código. No era un
número. Era su verdadero nombre.
La anciana se levanta. Camina hacia la puerta.
Afuera, un niño pequeño espera con una botella
vacía. Ella le entrega una hoja de papel doblada.
En ella, escrita con tinta de coca y sangre: “No
te olvides de cómo se llama el río.”
Y camina al centro de la ciudad, donde el sol no
brilla, pero hay luz. No de pilas. De memoria.
La gente empieza a hablar. No de héroes. De
nombres. De verdes que no mueren. De cuentas que
no se borran.
El sistema sigue. Pero algo ha cambiado. Ya no
es solo el narcotráfico que mueve el mundo.
Ahora también lo hace la verdad.
Y eso, aquí, es esperanza.


