La lluvia ácida consume las calles de Bogotá
desde hace once años. El cielo ya no tiene nubes,
solo humo denso que no cae. Las iglesias están
vacías, los altares hechos ceniza, y los
párrocos —si quedan— caminan con manto de lona y
batería de pilas. En una colina del barrio San
Cristóbal, donde antes había conventos y
escuelas, ahora hay una red de túneles bajo el
suelo quemado. Allí vive el sacerdote rebelde,
con ojos que miran más allá del milagro, y manos
que escriben sobre el cadáver del orden.
Las reglas del nuevo mundo son simples: nada es
legal si no está firmado por el Consejo de
Supervivencia. Todo objeto valioso debe
registrarse. Todo hombre debe tener una
identidad reconocida. Y todo acceso a recursos —
agua, medicina, electricidad— depende de una
ficha que no se puede falsificar. Pero nadie
sabe que las fichas pueden ser clonadas si uno
conoce el código oculto en el texto sagrado.
En el fondo de un relicario roto, entre restos
de misal y tierra negra, encuentra el manuscrito.
No dice "la Biblia", ni "el
Evangelio". Dice:
“Lo que fue prohibido, ahora es legítimo si se
lee en voz alta tres veces bajo el sol muerto.”
Lo lee. Al tercer intento, el sistema de control
de agua en el sector 7 se bloquea. Un minuto
después, el pozo central gira. Agua corriente.
Esa noche, un convoy de camiones con cajas
etiquetadas “Alimentos Seguros” entra al barrio.
Sin registros. Sin fichas. Solo el sacerdote
está en la puerta. Los hombres que bajan llevan
máscaras de cuero, pero no disparan. Le ofrecen
un papel. “Tu nombre está en la lista. Puedes
elegir dónde vives. Qué comes. A quién matas.”
No hay diálogo. Solo el sonido de las ruedas al
detenerse. Solo el olor a diesel y sangre seca.
Él firma. No por ambición. Por necesidad. La
melancolía no lo deja dormir. Recuerda el jardín
del seminario, la cumbia que tocaba el tío en el
patio, el sabor del arequipe de la abuela. Ahora,
esos recuerdos son monedas.
Al amanecer, el manuscrito desaparece. Lo buscan
en sus bolsillos, en sus libros, en su cama. No
está. Solo queda una hoja arrugada con el
símbolo del viejo concilio: una cruz partida.
A las tres de la tarde, el sistema de fichas se
colapsa. Cien personas sin identidad. Diez mil
personas sin derecho a agua. El Consejo envía a
diez asaltantes. No van por él. Van por el
documento.
Él no resiste. Se entrega. No porque teme.
Porque sabe que el verdadero pecado no es el
dinero ilegal. Es fingir que el pasado nunca fue
real.
El último oficio que celebra es el de la
ausencia. No hay eucaristía. Solo silencio. Solo
el eco de un niño que grita desde el otro lado
del túnel: “¿Dónde está el agua?”
Y en ese momento, el sacerdote rebelde comprende:
la suerte no es un golpe. Es una trampa que
espera a quien cree que puede cambiar el mundo
sin pagar.
No hay victoria. No hay revancha. Solo la ciudad
muerta, y él, con el alma limpia y el corazón
vacío.


