El océano se fue en silencio, sin temblores, sin

mareas. Solo quedó el lodo negro de las playas

abandonadas, y los cuerpos de los que no

supieron nadar. Los pueblos del Pacífico, antes

anclados al agua, ahora flotan sobre estructuras

de concreto hundido, sus casas convertidas en

islas de hueso y tinieblas. El río Cauca ya no

corre; solo humea bajo la lluvia ácida.

La gente habla en susurros, porque las palabras

se vuelven armas. En esta postapocalíptica

realidad, decir el nombre de alguien muerto en

la Violencia histórica es como encender un fusil:

atrajo la atención de quienes aún vigilan desde

los techos rotos. Las reglas son simples: no

nombrar a los caídos, no tocar los archivos del

pasado, no mirar hacia atrás más de tres

segundos. Quebrantarlas significa desaparecer

entre la niebla que cubre los restos de Tumaco.

Ella, la bruja del Pacífico, vive en el último

barrio que aún recuerda el canto de las sirenas.

Su hija, Ana, desapareció el día en que el

gobierno regional declaró “el final de la zona

de conflicto” —una mentira oficial que no detuvo

ni una bala. La niña tenía doce años, el cabello

trenzado con hilos de algodón rojo, y nunca

había visto el mar.

Hoy, en el quinto año sin lluvias, el sistema de

señales por satélite falla. Algunas luces

parpadean en la oscuridad: un mensaje cifrado,

transmitido por una red de antenas enterradas

bajo el fango. Es un código antiguo, heredado de

los campesinos que vivían junto al río antes del

drenaje forzado. Solo una bruja del Pacífico

sabe leerlo: “Vive. No te entregues.”

Sabe que no es una señal de ayuda. Es una trampa.

Pero también sabe que si no va, Ana será borrada

para siempre —no solo su cuerpo, sino su nombre,

su historia, su lugar en el mapa del dolor.

Sale en medio de la tormenta eléctrica. Usa un

pañuelo de lana negra con símbolos de brujería

ancestral, tejidos con fibras de plantas que

solo crecen en zonas donde hubo sangre. Camina

sobre tablones de madera podrida, evitando los

puntos de escucha que giran lentamente en los

postes. A mitad del trayecto, el suelo se hunde.

Una figura aparece entre el humo: un hombre con

ojos vacíos, vestido de civil, pero con la marca

de la banda militar que asesinó a su esposo en

1950.

—¿Qué buscas? —pregunta el aire.

No hay voz. Solo el eco de la pregunta que ella

misma hizo hace veinte años.

No responde. Sigue adelante. El suelo cede bajo

sus pies. Caería si no usara el ritmo de una

canción vieja, una cumbia que cantaba su madre

cuando aún había luz. Con cada paso, el humo se

parte.

Al llegar al centro de la ciudad flotante,

encuentra la casa de madera con el techo colgado

como un abanico. Dentro, Ana está sentada frente

a un espejo que no refleja. Sus ojos no se

mueven. Está viva, pero no respira. El sistema

de memoria colectiva ha tomado su alma: los días

de la guerra, los nombres de los muertos, todo

lo que podía recordar, ahora pertenece a los

archivos oficiales. Ella no es nadie.

La bruja se sienta. Toma la mano de su hija.

Empieza a contar historias que nadie puede

escuchar: cómo se llamaba el perro de la tía,

qué fruta comían en Navidad, cómo el sol ponía

fuego en el techo de la cocina.

Cuando termina, Ana parpadea.

El espejo se rompe.

La niebla se dispersa.

Y por primera vez en diez años, el cielo llueve.