La estación de tren de La Ceja queda bajo tierra,

enterrada por el derrumbe del 57. El aire huele

a humedad y pólvora quemada. Las vías se han

convertido en canales de lodo, y los andenes, en

charcos donde flotan botellas de ron y hojas de

periódico. En medio de esto, un hombre camina

con una guitarra en una funda de cuero rojo,

pasando por casas sin puertas, donde las paredes

aún llevan huellas de familias que nunca

regresaron.

El sistema de alertas ha colapsado. No hay radio,

no hay sirenas. Solo el sonido del viento entre

los alambres rotos. Pero él sabe que si deja de

tocar, los cazadores lo encontrarán. Porque

antes era un cantante de cumbia que tocaba en

fiestas de campesinos; ahora es un testigo

protegido, y su única defensa es la música.

En un sótano con techo parcialmente derrumbado,

encuentra a una niña de siete años con los ojos

vacíos. No habla. Solo repite frases de

canciones: “El amor es como el llanto… que no se

seca.” Ella tiene una marca en el cuello: una

cicatriz que forma el símbolo del Partido

Liberal. El hombre reconoce el signo — fue el

mismo que marcó a su hermano antes de que lo

arrastraran al bosque.

Las reglas cambian: no puedes dormir más de tres

horas seguidas. Si lo haces, las sombras del

pasado te devoran. No puedes dejar de tocar

durante más de veinte minutos. Si lo haces, el

silencio se convierte en una señal. Y si alguien

escucha, aunque sea un niño, te matan.

Toca toda la noche. Cumbias lentas, baladas de

despedida, melodías que nunca fueron para el

público. La niña empieza a moverse. Una vez,

levanta la cabeza. Luego, da un paso. Después,

canta con él. Su voz es débil, pero clara. El

sonido resuena en el túnel como un eco que jamás

se apaga.

A la mañana siguiente, el sistema de monitoreo

falla. El dispositivo que los seguía se detiene.

No hay señales. Nadie viene.

El hombre deja la guitarra en el suelo. No la

recoge. Se sienta junto a la niña. Juntos, miran

hacia el techo, donde un rayo de sol atraviesa

la grieta. El primer sonido real desde hace años

no es música. Es el crujido de un muro que se

quiebra.

Y entonces, por primera vez, el silencio deja de

ser una amenaza.