La lluvia no cae desde hace siete años. El cielo

se agrietó en 2034 cuando el sistema de drenaje

central colapsó durante la tormenta del cien por

ciento. Bogotá no es una ciudad ahora; es un

laberinto de aceros oxidados y puentes de cuerda

donde los supervivientes cuentan con las notas

que quedaron grabadas en sus memorias.

El músico ambulante camina sin dirección, con su

guitarra envuelta en tela de saco y una bolsa de

arroz a medio consumir. Su nombre no importa. Lo

conocen por el sonido: “el que toca como si el

mundo aún tuviera corazón”. En este nuevo orden,

el arte no es entretenimiento: es moneda,

contrato, prueba de vida.

En el barrio de La Candelaria Sur, un grupo de

hombres armados lo intercepta al cruzar el

puente de zinc. No le piden dinero ni

documentación. Le exigen que toque una pieza

antes del amanecer. No es un secuestro

cualquiera: es un secuestro express. Si no actúa

dentro de seis horas, lo matarán frente a un

mural que muestra la cara de su hermano muerto

en el año del hambre.

El mundo cambió. Antes, el poder estaba en las

tierras y los jefes de partido. Ahora, el poder

está en quién recuerda bien. Las reglas están

escritas en el aire: quien olvida, desaparece.

Quien canta, sobrevive.

Durante el tiempo que tarda en cruzar el río

Chica, el músico se da cuenta de que no ha

tocado nada desde el día en que el gobierno

declaró la Ley de Silencio. La música había sido

prohibida como “inestabilidad colectiva”. Pero

nadie dijo que el silencio también era criminal.

Toca. No por ellos. Por sí mismo. Comienza con

una canción de cumbia antigua, de antes de que

las ciudades se tragara el campo. La gente en

las azoteas baja la cabeza. Algunos lloran.

Otros se miran entre sí, buscando el nombre del

tema. Nadie lo reconoce. Pero todos saben que

era real.

Al final, el líder del grupo lo mira. No le dice

nada. Solo le entrega un papel con un número de

teléfono. “Llama. Ellos te van a escuchar.”

No hay diálogo. No hay amenaza. Solo el peso del

gesto.

Cuando el músico se va, deja atrás el cuerpo del

hombre que lo vigilaba. Aún tiene el violín. Y

la cuerda principal está rota.

La ciudad sigue sin lluvia. Pero por primera vez

desde el colapso, alguien toca sin miedo.

Y el rumor se extiende como polvo: el que no

canta ya no es nadie.