El aire ya no huele a lluvia, sino a polvo
quemado y humo de neumáticos incinerados. La
ciudad se derrumba en sectores divididos por
barreras de alambre de púas y faros rotos. Las
calles están marcadas con círculos pintados en
blanco: lugares donde el agua no sirve ni para
lavarse.
Una mujer entra al mercado negro de la Avenida
Décima, con el rostro cubierto por una tela
tejida con hilos de cobre. No habla. Sólo
entrega un sobre de papel reciclado. Dentro, un
nombre: Rafaela Mendoza.
El curandero urbano —con sus botas de goma
reforzadas y un collar de huesos de gallina—
espera bajo un toldo de lona negra. No cura con
hierbas. Curará con tiempo. Con silencio. Su
oficio no es sanar el cuerpo, sino devolverle el
peso al pasado.
La subasta comienza sin anuncios. Los
participantes se mueven como sombras. Cada lote
es un cuerpo humano. No por vida, sino por
historia. Uno lleva un disco de cumbia que nadie
puede tocar porque su voz está grabada en el
vinilo. Otro trae un niño que no sabe decir su
propio nombre.
El curandero ofrece dos días de trabajo sin pago.
Por Rafaela Mendoza.
La puja sube. Un hombre con guantes de cuero
pregunta si ella tiene memoria de las cárceles
del 58. Otro pide saber si pronunciaba palabras
en lengua arahuaca antes de desaparecer. Nadie
responde. Solo el vendedor de cuerpos dice:
“Ella no se acuerda de nada. Pero el país sí.”
Un reglamento no escrito rige la venta: no se
puede preguntar por el pasado de quien está en
subasta. Si se hace, el comprador pierde derecho
a adquirir. El costo: perder todo lo que creía
tener.
El curandero pone su última oferta: un trozo de
tierra de Antioquia, guardado en una caja de
madera. El lugar donde nació. Donde vivieron sus
padres antes de que el violencia les quitara el
nombre.
El precio se cierra.
No hay ganador. La subasta termina con un
silencio tan denso que los cables eléctricos
crujen como huesos.
La mujer con el rostro cubierto entrega un
paquete al curandero. Dentro, una cinta VHS. En
la etiqueta, escrito a mano: “Para cuando el
tiempo te parezca mentira.”
Él la mira. Ella no dice nada. Sale. El viento
sopla sobre los restos del mercado.
Al día siguiente, el curandero enciende el
aparato. La imagen muestra una niña de ojos
grandes, sentada en una vereda de pasto. Una
canción de cumbia suena. El audio es malo. Pero
la voz de la niña, clara: “Mamá, ¿por qué el sol
no se va?”
El curandero no llora. Se sienta frente al
televisor. No apaga. No necesita más.
El mundo sigue siendo ruinoso. Pero ahora,
alguien recuerda cómo fue.


