El agua ya no corre por las tuberías. Solo el

humo del carbón y el eco de la cumbia que nadie

baila. Las calles de Bogotá son ahora un

laberinto de bloques derrumbados, donde el

viento arrastra hojas de periódicos viejos con

fotos de presidentes que ya no existen. El sol

pega en el asfalto como si quisiera quemar lo

que queda de la memoria.

La gente vive bajo el sistema de intercambio:

una botella de agua por una historia. No hay

dinero, solo recuerdos. Y los más valiosos son

los que nadie quiere escuchar.

El curandero urbano, con sus ojos agrietados y

manos cubiertas de tatuajes de plantas que ya no

crecen, camina por las ruinas con un tambor de

cartón. Cada noche, entra a una casa abandonada,

enciende un cirio de cera negra, y hace sonar el

tambor. No para invocar espíritus. Para recordar.

Los jóvenes lo buscan. Jóvenes sin nombre, sin

pasaporte, sin identidad. Vienen con miradas

vacías y bolsillos llenos de clavos. Quieren

saber quién eran antes de que el mundo se

apagara. Pero no pueden escuchar todo. Hay una

regla: nadie puede recordar más de tres minutos

seguidos. Si lo hace, el cerebro se quema. El

cuerpo se convierte en ceniza.

Una chica de cabello corto, con cicatrices de

quemaduras en la muñeca, viene al tercer

encuentro. Lleva un cascarón de plátano. Dice

que alguna vez cantó cumbia en un bar del norte.

El curandero le da el tambor. Ella toca. La

música sale, triste y rara, como si viniera de

otra vida.

Y entonces, el suelo tiembla. Un cráter se abre

bajo la casa. Del pozo surge una voz —no humana—

que dice: “No fue el conflicto lo que nos mató.

Fue olvidar.”

La chica cae. Su piel se deshace en polvo. El

curandero la sostiene un instante. Su último

gesto es arrancarle el cascarón y ponerlo sobre

el tambor.

La música sigue. En la calle, otros jóvenes

comienzan a moverse. No saben por qué. Pero sus

pies conocen el ritmo.

El curandero se sienta en el borde del cráter.

Ya no tiene nada que dar. Solo el tambor. Y el

peso del silencio que ya no puede llenar.

Las luces de la ciudad no vuelven. Pero el

viento, esta vez, lleva un latido.