La ciudad no tiene nombre ya. Solo humo bajo el
sol pálido, calles sin tráfico, edificios con
ventanas rotas como ojos vacíos. El agua
corriente se rige por turnos de cuatro horas; el
poder está en las manos de jefes que venden
drogas como moneda y mandan con fusiles de chapa.
El sistema de registros públicos colapsó hace
siete años, pero ella sigue trabajando en el
archivo subterráneo del antiguo Ministerio de
Justicia, un bunker cubierto de moho y cables
desgastados. Su identidad: Funcionario público
honesto. La ley es lo único que le queda.
Una noche, mientras revisa documentos quemados,
encuentra una lista de nombres. No hay fecha,
solo un código: 147. Entre ellos, tres apellidos
que reconocen: los de sus vecinos de infancia,
asesinados en el año 53. Un ataque militar que
nunca fue investigado.
A partir de ese momento, todo cambia. Cada vez
que toca un expediente, el sistema de seguridad
interna —un viejo programa de vigilancia digital—
activa alertas falsas. Las luces parpadean. Los
registros se borran automáticamente. Ella sabe:
alguien está eliminando pruebas. Y sabe también
que el que lo hace no quiere que el pasado
resurja.
El 14 de julio, el almacén de suministros del
sector Sur explota. Dos días antes, ella había
encontrado un video cifrado en una memoria USB
oculta dentro de un libro de poemas de Gloria
Fuertes. En él, su padre, joven, uniforme de
oficial de la Guardia Nacional, da órdenes para
ejecutar a cinco campesinos en un cerro de la
Sabana. La voz no tembló. El rostro era firme.
Ella no lo recordaba. Pero el video sí.
El día siguiente, la puerta de su vivienda en el
barrio de Usaquén es forzada. Una sola bala
atraviesa el marco. Nada más. Nadie entra. Pero
el rastro de sangre en el pasillo lleva a una
escalera de servicio.
Regresa al archivo. Revisa el código 147.
Descubre que no eran campesinos. Eran testigos
de un pacto ilegal: tierras donadas a una
empresa farmacéutica por parte de la Junta
Nacional de Desarrollo. El dinero fluía hacia el
poder. El poder usaba la violencia para callar.
Y su padre fue uno de los primeros en firmar.
Vuelve a la casa. La puerta está cerrada. Dentro,
el teléfono suena. Es una llamada sin número.
Sólo una frase: “Ya sabes qué pasa cuando el
pasado habla.”
No responde. Cierra los ojos. Escucha el viento
entre los cables colgantes del techo. El sonido
de una cumbia antigua, grabada en un casete roto,
flota desde el sótano. Alguien dejó el equipo
encendido.
Saca el casete. Lo guarda. No lo destruye.
Amanece. Camina hasta la plaza central. Llena de
escombros. Allí, cerca del monumento a la paz
que nadie reconstruyó, arroja el casete al fuego
de una hoguera improvisada.
El fuego no quema. Se apaga enseguida.
No hay otra decisión.
Solo el humo.


