El suelo ya no crece. Las semillas mueren antes
de tocar tierra. La lluvia no cae desde el cielo,
sino que se filtra de tuberías rotas en las
ruinas de lo que fue Antioquia. El agua es
racionada por el Consorcio del Agua, una red de
vigilantes con uniformes blancos y ojos sin
reflejo.
Las mujeres ya no caminan solas. El canal de
transmisión más usado entre poblados es el
silencio. No hay radios, no hay periódicos. Solo
mensajes escritos en paredes, con tinta de raíz
de pata de mula. Un solo susurro puede costarle
la vida a tres personas.
La maestra rural llegó al pueblo de San Andrés
del Cauca en 1987, cuando aún había escuelas.
Ahora, su cabana está rodeada de cables
electrificados. Sus estudiantes son niños que
aprenden a dibujar letras sin pronunciarlas.
Ella enseña con gestos, con palitos en el polvo,
con el ritmo del canto de las aves que aún no
han sido aniquiladas.
El Consorcio prohíbe cualquier palabra que no
sea de uso cotidiano. Usar el nombre de un río,
una montaña, un antiguo abuelo —todo está bajo
control. Pero ella guarda algo más: una lista de
nombres de comunidades que nunca fueron borradas,
sino enterradas. En una caja de hojalata, debajo
de un piso de cemento agrietado, hay un libro
manuscrito. Escrito en lengua de la Sierra
Nevada.
Cuando el hijo de un líder comunitario muere
tras ser detenido por cantar una canción de
memoria, ella no llora. Lo que hace es escribir
el nombre del soldado que lo mató en la pared de
la escuela. Una sola letra. Al día siguiente, el
soldado aparece colgado de un árbol, con el
rostro cubierto de cera de abeja y el cuerpo
marcado con símbolos de cinco puntos.
La venganza no es rápida. Es lenta. Es
sistemática. Cada noche, alguien desaparece.
Cada semana, un nuevo mensaje. “No olvidamos.”
“No damos pasos atrás.” “Nosotros no somos
historia.”
El Consorcio responde con el encierro masivo de
mujeres. Las llevan a campos donde ya no hay
nombre, solo números pintados en la piel. Pero
en la cárcel, ellas empiezan a hablar entre sí.
Con señas. Con latidos. Con canciones de cuna. Y
en cada celda, alguien repite una frase:
“Maestra, no dejemos que el silencio gane.”
Al tercer mes, el Consorcio decide eliminar el
último centro educativo. Envían cuadrillas con
arcos de fuego. La maestra no huye. Se sienta
frente a la puerta. A su espalda, cien niños.
Cuando los hombres llegan, ella abre el libro.
No lo lee. Lo deja abierto sobre una piedra. Y
entonces, como si el aire hubiera retenido el
susurro durante décadas, comienza a sonar. Una
voz que no pertenece a ninguna persona. Que
viene de dentro del suelo. De las raíces. Del
viento que ahora sopla en sentido contrario.
Los hombres se detienen. Uno cae de rodillas.
Otro se tapa los oídos. Nadie sabe qué es. Pero
todos sienten que algo viejo ha despertado.
A la mañana siguiente, el campo de concentración
está vacío. Los cuerpos no están. Solo queda el
olor a humo y a papel quemado. En la entrada,
escrito con carbón: “Hoy no callamos.”
La maestra no está allí. Pero el libro sigue
abierto. Y en la primera página, junto a la
firma, hay una nueva línea: “Próxima parada:
Puerto Berrio.”


